El gran libro de la proyección astral – La doctrina

LA DOCTRINA
El cuerpo astral coincide, pues, con el cuerpo físico durante las horas de la vigilia, de conciencia plena; pero durante el sueño el cuerpo astral se separa, en mayor o menor grado, flotando, por lo general, precisamente encima de aquél, en forma ni consciente ni controlada. En los trances, síncopes, desvanecimientos momentáneos, o bajo el efecto de algún anestésico, el cuerpo astral se separa del físico en forma similar. Estos casos de desprendimiento constituyen ejemplos de proyección automática o involuntaria.

En contraposición a éstos, se hallan los casos denominados de proyección consciente o voluntaria, en los cuales el sujeto “quiere” abandonar el cuerpo físico y efectivamente lo logra. En estas condiciones el sujeto se hallará completamente alerta y consciente en su cuerpo astral; podrá contemplar su propio mecanismo físico y viajar a voluntad, observando escenas y visitando lugares que nunca antes había visto. Posteriormente él mismo podrá verificar la verdad de estas experiencias visitando las escenas o lugares en cuestión. Durante la estada plenamente consciente en el cuerpo astral parece hallarse provisto de extraordinarios poderes supranormales. Puede retornar voluntariamente a su cuerpo físico o bien ser arrastrado de nuevo dentro de éste por causa de algún shock, susto o una emoción vívida.

El cuerpo físico y el astral se hallan invariablemente conectados por medio de una especie de cordón o cable, a lo largo del cual pasan corrientes vitales.

En caso de romperse este cordón, la muerte sobreviene instantáneamente. La única diferencia entre la proyección astral y la muerte es que en el primer caso el cable se halla intacto y trunco en el segundo. Este cordón el “Cordón de Plata” de que se
habla en el Eclesiastés es elástico y capaz de una gran extensión. Él constituye el eslabón esencial entre los dos cuerpos.1

Lo que antecede no es sino un breve sumario general de la doctrina y enseñanzas concernientes al cuerpo astral y su proyección.

Ahora bien; aunque la literatura sobre este tema es bastante voluminosa, no me ha sido posible encontrar por ninguna parte suficiente material de valor científico, y, sobre todo, casi nada de naturaleza práctica, esto es, cómo proyectar el cuerpo astral. Si realmente existe un cuerpo tal y puede ser proyectado voluntariamente como muchos individuos lo afirman ¿por qué son tan escasos los consejos e información práctica publicados en la materia? Está muy bien insistir en los posibles “peligros” involucrados en el procedimiento; cualquier persona sensata se dará cuenta de que es bien probable que existan, pero, ¿cuántas personas no estarían dispuestas a intentarlo, de todas maneras? A pesar de todo, es casi imposible obtener información práctica alguna de aquéllos que afirman ser capaces de “proyectarse” a voluntad; y estoy seguro de que en este punto no habrá ningún estudiante de teosofía que no esté de acuerdo conmigo. ¿Cuál es la causa? Coincido en un todo con el señor Muldoon en que la razón para todo este secreto no se debe a los “peligros” teóricos involucrados, sino simplemente a que los tales “maestros”, como ellos mismos se titulan, no saben. Saben que la proyección astral existe; puede ser también que hasta la hayan experimentado por sí mismos; pero los verdaderos detalles del proceso cómo se lleva éste a término esto no lo saben y, en consecuencia, no pueden enseñarlo a los demás. El gran valor de esta obra radica en el hecho de que estos datos son proporcionados al mundo por vez primera, y es mi convencimiento que poseemos en ella un documento del mayor valor. La información así reunida y que por tantos años han estado esperando los estudiantes de teosofía podría no haber visto nunca la luz, si una afortunada combinación de casuales circunstancias no hubiera hecho posible su publicación. Seguramente le interesará saber al lector, pues, cómo llegó a ser escrito este libro y también algo acerca de su autor.

1 Ver el breve artículo sobre “El cordón de plata”, de Max Heindel, publicado en The Occult Digest, mayo de 1928.




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *