El gran libro de la proyección astral – Prefacio

PREFACIO
Cuando ocurrieron mis primeras experiencias de proyección fuera del cuerpo no contaba más que doce años, y tan joven e inmaduro era de espíritu que no comprendí entonces su magnitud. Las experiencias se producían involuntariamente, repitiéndose con frecuencia, de modo que tanto me acostumbré a ellas que, de hecho, pronto las consideré como algo muy natural y rara vez las mencioné aun a los miembros de mi propia familia; y ni qué decir que tampoco llevaba registro de ellas, pese a que muchas personas interesadas me animaban para que así lo hiciese.

Yo había oído, de personas que se decían entendidas, que la proyección consciente del cuerpo astral no era nada insólita y que muchos psiquistas podrían lograrla a voluntad. Yo también deseaba ver su paz de producirla voluntariamente, y reconozco que envidiaba a quienes (según había oído) podían hacerlo. Entonces comencé a buscar a alguien que lograse producir el fenómeno voluntariamente. Pero mi búsqueda resultó vana y, finalmente, me vi forzado a concluir que no era posible encontrar a ese “alguien”. De este modo, empecé a experimentar yo mismo con el fenómeno y en este libro el lector encontrará los resultados de esas experiencias.

Aunque hijos del siglo veinte, vivimos todavía en medio de una intolerancia similar a la de la Edad Media y no soy tan optimista como para imaginarme que un gran número de lectores habrá de leer lo que yo tenga que decir, desprovistos de prejuicios. Mi propósito al escribir esta obra ha sido el de proporcionar los resultados de mis investigaciones a otros estudiantes de lo oculto. Desgraciadamente, muchos teósofos están convencidos de que la llamada proyección astral consciente no es ni más ni menos que un sueño.

No me es ajeno el hecho de que para creer en la proyección astral consciente es necesario experimentarla primero, y hasta es posible que yo mismo me rehusase a aceptarla como cierta si no la hubiera experimentado y no supiera que es cierta. El escéptico exclama: “¡Yo quiero la prueba, la prueba objetiva, y entonces creeré!” Y el proyector replica: “No puedo darle una prueba objetiva. Usted debe experimentarla y entonces tendrá la prueba.” El argumento de que el proyector no puede probar al escéptico que no se trata de un sueño no es de consideración, puesto que tampoco el escéptico puede demostrar al proyector que se trata de un sueño. De este modo, toda argumentación es inútil, tan inútil como la discusión de la causa primera o del último efecto.

El problema aparece así, nítidamente planteado: hay que experimentarla. La existencia de la torta se prueba comiéndola. No he tratado de ocultar nada ni he recurrido a los seudo-argumentos basados en los “peligros” que estas experiencias implican como ha hecho la mayoría de los autores que han escrito sobre este tema. Yo proporciono los procedimientos específicos para lograr la proyección del cuerpo astral de acuerdo con la experiencia y el conocimiento que tengo de los mismos, y es mi mayor deseo que la verdad de mis afirmaciones sea juzgada a la luz de los resultados obtenidos mediante la práctica de estos métodos. El que quiera pruebas las tendrá, pero vuelvo a repetirlo: no sin experimentar. Claro está que se querrá saber cómo se puede experimentar; pues bien, enseñarlo es mi tarea. Pero más no puedo hacer. 

En esta obra he relatado gran parte de mis experiencias; sin embargo, las experiencias de que doy cuenta no representan, de
ningún modo, la totalidad de las que he tenido. Pero un volumen de este tamaño difícilmente podría contener la síntesis de todas ellas. Jamás podría haber recogido toda la información aquí contenida de las pocas experiencias referidas.

Al hombre medio no le interesan las experiencias de los demás, sólo le interesan las propias. Al escribir este libro yo he partido del supuesto de que el lector sólo desea saber cómo se produce el fenómeno, importándole mucho menos la narración de las experiencias. Aunque, según dije antes, no soy lo bastante optimista para creer que muchos habrán de leer lo que he escrito desprovistos de prejuicios, si creo, en cambio, que nadie que ponga a prueba, cabal y conscientemente, los métodos por mí proporcionados, habrá de fracasar en su tentativa.

Hay que evitar abrir juicio sobre el libro apoyándose en la razón solamente. Hay que juzgarlo por la experimentación. No quiero que nadie acepte mi palabra como prueba suficiente de lo que afirmo. Lo repito: hay que experimentar. Primero seguir las fórmulas dadas y después decidir sobre el mérito de mis afirmaciones. Después, he ahí el tiempo propicio para juzgar, pero no antes.

Se me ha acusado de “supersticioso” por mi creencia en espectros de los vivos y de los muertos. Por lo general, termino descubriendo que mis acusadores ¡también son supersticiosos! No hace mucho un feligrés consecuente me manifestó que no podía comprender como yo, o cualquier otra persona, podía creer que tenía un “espíritu” en su interior. Sin embargo, el autor de
esta misma crítica declaraba creer la Biblia de cabo a rabo, ¡incluso que “Cristo entregó su espíritu” al morir!

Por otro lado, el materialista cree que es superstición la creencia en que la mente puede existir independientemente del cerebro. Su teoría es que el cerebro “secreta” pensamientos exactamente del mismo modo en que el hígado secreta la bilis. Y el materialista que no puede probar que el cerebro secrete los pensamientos se olvida de que no puede probar sus razones y ¡exige pruebas del espiritista! Si lo urgimos al materialista para que nos dé pruebas, responderá que mediante la experimentación (véase bien: mediante la experimentación) se torna evidente que el cerebro produce pensamientos. Y eso es casi exactamente lo mismo que diría un espiritista, es decir, que mediante la experimentación se hace evidente que el cerebro
¡no produce pensamientos! Tanto el materialista como el Espiritista deben dejar de lado a la “razón” y recurrir al experimento.

Y esto es todo cuanto pido del lector: que él mismo se convenza de la verdad de mis afirmaciones dejando de lado la razón y ciñéndose a la experiencia. Mi esperanza es que todos aquellos que tengan éxito, aun los que sólo alcancen resultados secundarios (siguiendo el método aquí estipulado) me hagan conocer esos resultados como testimonio de la realidad de la proyección astral.

Quiero señalar aquí mi agradecimiento al señor Carrington por su valiosa colaboración y a mi novia, la señorita Goodrich, por su ayuda en la copia a máquina del manuscrito.

S. M.


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