La iniciación – LAS CONDICIONES DEL ENTRENAMIENTO OCULTO

   Las condiciones que impone un entrenamiento en el ocultismo no han sido arbitrariamente establecidas por nadie.   Ninguna persona ha impuesto en este terreno su voluntad personal.  Ellas son el resultado de la naturaleza mismo del saber oculto.  Así como un hombre no podría llegar a ser pintor si no supiese siquiera sostener un pincel entre sus manos, igualmente nadie podría recibir una formación ocultista si no consiente previamente en cumplir con las condiciones que los maestros de este saber consideran como indispensables.  En el fondo, el instructor no podría en ningún caso hacer otra cosa que dar consejos, y es precisamente en este sentido como sería preciso acoger todo cuanto él diga.  Y es que él mismo ha pasado ya por estas etapas preparatorias para el conocimiento de los mundos superiores.  Por experiencia, sabe lo que es necesario.  Por tanto, depende enteramente de la voluntad libre de cada uno recorrer o no estas mismas etapas.  Si alguien quisiera recibir las instrucciones de un ocultista sin plegarse a las condiciones necesarias, actuaría como un joven que dijese a un profesor de pintura: “Enséñeme a pintar, pero ahórreme el esfuerzo de tomar un pincel en las manos”.
   Por su parte, tampoco el instructor puede proponer nada si la libre voluntad del discípulo no viene a su encuentro.  Sin embargo, hay que hacer notar que el vago deseo de poseer un conocimiento superior no es ya de por sí un móvil suficiente.  Muchas personas poseen naturalmente este deseo, pero si no cuentan más que con esto, y no con la voluntad de plegarse a las condiciones particulares de la disciplina oculta, nada podría obtener.  Es esto algo que deberían tener muy presente todos aquellos que se quejan de las dificultades que presenta el entrenamiento.  Si usted no puede, o bien no quiere, cumplir con estas condiciones con todo rigor, es preciso que renuncie, al menos provisionalmente, a todo progreso dentro del ocultismo.  A decir verdad, estas condiciones son rigurosas, pero no duras, por el hecho mismo de que se las cumple mediante un acto que no solo debe ser libre, sino que exige esta libertad.
   Si no se comprende bien este carácter del progreso oculto, las exigencias del instructor se presentarán fácilmente como un constreñimiento impuesto al alma y al espíritu.  Al consistir la disciplina en un cultivo de la vida interior, es absolutamente necesario que el ocultista dé consejos que conciernen  a esta vida interior.  Pero no se debe considerar como un constreñimiento de las obligaciones a las que uno se somete libremente.  Si alguien tuviese con un maestro una exigencia como ésta: “Comunícame tus secretos, pero dejándome con las mismas sensaciones, los mismos sentimientos y representaciones que he tenido siempre”; si alguien hiciese esto, estaría realmente reclamando una cosa por completo imposible de realizar.  En el fondo, lo que estaría pidiendo sería simplemente que colmasen su curiosidad, su sed de conocimiento.  Pero con una disposición semejante no se adquiere la ciencia secreta.
   Y ahora debemos enumerar, siguiendo su orden, las condiciones que se imponen al discípulo.  Pero, antes de hacerlo, insistamos en que ninguna de ellas exige una realización total.  Lo único que se pide es el esfuerzo sincero de hacer lo necesario para lograr lo que se busca.  Nadie puede cumplir por completo estas condiciones, pero sí depende de la voluntad de cada uno esforzarse para conseguirlo.  Lo esencial es la voluntad y la decisión de comprometerse en esta vía.
   La primera condición es la siguiente:  es absolutamente necesario vigilar con sumo cuidado la salvaguardia de la propia salud, tanto la corporal como la espiritual.   Naturalmente, no depende de un hombre el sentirse bien pero sí depende enteramente de él hacer lo necesario para conseguirlo.  Un conocimiento sano sólo puede provenir de un organismo sano.  La disciplina oculta no es que rechace a un candidato por falta de salud, pero sí exige al estudiante que tenga la voluntad de llevar una vida sana.
   En este dominio, es necesario que se adquiera la mayor autonomía.  Los buenos consejos de otro ___consejos que, lo más a menudo, no se pierden___  resultan, por regla general superfluos.  Es a cada uno en particular a quien le toca velar por sí mismo.
   Desde el punto de vista físico, se trata sobre todo de apartar de sí las influencias dañinas.  Ciertamente, para cumplir con nuestros deberes, debemos imponernos a veces determinados esfuerzos que no son buenos para nuestra salud.   Pero ¡cuántas cosas hay a las que se puede renunciar con un poco de buena voluntad!.  El deber sí debe, en muchísimos casos, ponerse por delante de la salud; a menudo inclusive por delante de la vida; pero el placer, nunca.
   Para el investigador, el placer no debe constituir más que un medio de asegurarse la salud y la vida.  En este dominio, es absolutamente necesario ser muy sincero y franco consigo mismo.  De nada sirve llevar una vida ascética si ello se hace para buscar otros placeres.  Es posible que se encuentre en el ascetismo una voluptuosidad semejante a la que otro pueda encontrar en la bebida.  Pero, en este caso, no se debe esperar de este género de ascetismo que sirva para alcanzar los objetivos del conocimiento superior.
   Muchas personas acusan a las condiciones de su existencia de dificultar su progreso. “En mi situación, suelen decir estas personas, me es absolutamente imposible evolucionar.”  Ciertamente, puede resultar deseable para muchos mejorar su situación, pero por otros motivos, porque, con vistas al progreso oculto, esta modificación no es en absoluto indispensable.   Este objetivo lo que exige sencillamente es que se haga, precisamente en la situación en que uno se encuentra, todo lo necesario para la salud del cuerpo y del alma.
   Toda tarea, cualquier trabajo, puede servir al conjunto de la humanidad.  Posee ciertamente más grandeza reconocer que un trabajo, por ínfimo que sea, por mucho que se lo deteste, es útil para los demás, que decirse algo como esto: “Este trabajo es demasiado insignificante para mí, yo estoy hecho para otras cosas.”
   En todo caso, es de una importancia muy particular buscar un equilibrio espiritual perfecto.  Un desequilibrio en los sentimientos o los pensamientos nos desvían inexorablemente de los senderos del conocimiento superior.  La base necesaria de todo progreso es la calma y la claridad de pensamiento, la seguridad en las impresiones y los sentimientos.  Y nada hay más contrario a esto que la atracción por todo lo que es fantástico, por la exaltación, el nerviosismo, la excitación, el fanatismo.  Se debe adquirir un gran equilibrio frente a todas las situaciones que se puedan presentar en la vida; hay que saber conducirse con seguridad, y dejar que las cosas influyan y actúen tranquilamente sobre uno.  En todo cuanto esto es necesario, se debe uno esforzar por depositar la confianza en la vida.  Se debe evitar todo cuanto podría ser exagerado y parcial en los juicios o en los sentimientos.  Si no se cumple esta condición, en lugar de penetrar en los mundos superiores reales, el investigador correría el riesgo de encontrarse en un universo imaginario, donde, en lugar de la verdad, lo que reina son las fantasías y los prejuicios.  Más vale un buen sentido, con los pies firmemente asentados en la tierra, que la exaltación o la imaginación desembridada.
   
   La segunda condición es sentirse miembro de la vida universal.  Cumplir esta condición comporta obligaciones múltiples.  Sin embargo, cada persona sólo puede satisfacerlas a su manera.
   Si yo soy, por ejemplo, educador, y mi alumno no responde a lo que yo espero de él, en principio no debo culparle a él sino a mí.  Debo tener una conciencia tan profunda de ser uno con él, que me pregunte: las debilidades y defectos de mi alumno, ¿no son precisamente una consecuencia de mi manera de ser?.  Y, en lugar de ponerme contra él, reflexionaré más bien en lo que debo hacer para que en lo sucesivo él responda mejor a mis exigencias.  Este estado de espíritu va modificando poco a poco toda mi manera de pensar, tanto en lo referente a las pequeñas cosas como respecto a las grandes.  En estas condiciones, considero por ejemplo a un criminal de otra forma que antes, suspendo mi juicio y me digo: “Yo soy un ser humano igual que él.   Quizá solamente la educación que he recibido me ha preservado de seguir su misma suerte.”  Por este camino, llego a pensar que este hermano en humanidad hubiera podido llegar a convertirse en otra cosa si los maestros que se han preocupado por educarme a mí se hubiesen ocupado de él.  Consideraré entonces que he gozado de un beneficio que a él le ha sido negado y que yo debo mi honestidad precisamente a unas circunstancias de las que él ha sido privado.  Llegado a este convencimiento, ya no estaría muy alejado de la idea de que yo, miembro del organismo humano, soy solidariamente responsable de lo que le pasa en este organismo.
   Esto no quiere decir que este pensamiento deba traducirse inmediatamente, mediante manifestaciones exteriores de agitación.  Es por el contrario en el silencio del alma donde es preciso cultivarlo.  A partir de entonces, la conducta del individuo empezará a impregnarse lentamente de él.   En semejantes dominios, no se debe comenzar sino por reformarse a uno mismo. Nada resulta más estéril que pretender reformar a la humanidad imponiéndole exigencias generales.   Es muy fácil tener la idea de lo que se debería hacer; pero el ocultista trabaja de una manera profunda y no superficial.  Así pues, no sería justo querer establecer una relación entre esta condición puesta por los maestros y una regla de conducta exterior; con mayor razón, política, que nada tiene que ver con la disciplina espiritual.  En general los agitadores políticos saben muy bien lo que quieren exigir de otro; pero saben menos bien lo que se deben exigir a sí mismos.
   Con la segunda condición se relaciona, naturalmente, la tercera.  El discípulo debe llegar, a través de su esfuerzo, a ver que sus pensamientos y sus sentimientos tienen tanta importancia para el universo como sus acciones.  Le es preciso reconocer que resulta tan nefasto odiar a un semejante como golpearlo.  A través de esta conclusión llega naturalmente a comprender que, cuando trabaja en su perfeccionamiento interior, no trabaja únicamente para sí mismo, sino para el universo.
   Si mis sentimientos y pensamientos son puros, el mundo saca de ellos tanto provecho como si mi comportamiento es justo.  Mientras no tenga fe en la importancia que mi vida interior tiene para el universo, no valgo nada como ocultista.  Yo no ejerzo esta fe con la importancia del alma y de la vida interior más que trabajando en desarrollarla como si se tratase de una acción al menos tan real como las acciones exteriores.  Porque yo debo saber que cualquiera de mis sentimientos produce tanto efecto como un movimiento de mi mano.
   Esta certidumbre encierra ya en sí la cuarta condición:  adquirir la convicción de que la verdadera esencia del hombre no reside fuera, sino dentro de sí.  El que no se considere más que como un producto del mundo exterior, un resultado de una serie de elementos físicos, no podría sacar de esta noción ningún progreso en ocultismo.  Tener conciencia de ser un alma y un espíritu es la base de la disciplina.   Si se progresa en este sentimiento, se llega a ser capaz de distinguir entre la obligación interior y el éxito exterior.  Se comprende que no se pueda comparar inmediatamente el uno con el otro.  El investigador debe encontrar el justo medio entre lo que las circunstancias exteriores le prescriben y lo que él juzga bueno para su comportamiento.   Ciertamente no debe imponer a las personas de su entorno algo que éstas no puedan comprender, pero por otra parte, debe estar completamente desprendido del deseo de hacer únicamente lo que conviene a esas personas que le rodean.  La confirmación de que está en la verdad no puede alcanzarla más que a través de su alma, si, con valor y lealtad, ella lucha por el conocimiento.   Pero debe aprender de quienes le rodean todo cuanto le pueda resultar útil y provechoso.  De este modo, edificará en sí mismo lo que la ciencia oculta llama “la balanza espiritual”.  Sobre uno de los platillos de esta balanza se encuentra un “corazón ampliamente abierto” a las necesidades del mundo exterior; sobre el otro platillo, una “firmeza interior” y una “resistencia a toda prueba”.
   Estas condiciones anuncian ya la quinta condición:  la perseverancia en el cumplimiento de una decisión una vez tomada.  Nada debe hacer al discípulo renunciar a ella, salvo si constata con evidencia que se encuentra en el error.   Porque cada resolución es una fuerza, e inclusive si esta fuerza no produce un resultado inmediato allí donde se la esperaba, ella actúa, sin embargo, a su manera.  El éxito puede coronar una empresa nacida del deseo; pero las acciones nacidas del deseo y de la pasión no tienen ningún valor para el mundo superior.   En este mundo, no hay más que un elemento determinante para la acción, y es el amor.  En este amor todos los móviles que incitan al investigador a actuar deben tomar una forma viva.  Entonces nada le desanimará; continuará infatigablemente transmutando sus resoluciones en acciones, por numerosos que puedan ser sus fracasos.  De estos extraerá la lección de no esperar solamente resultados exteriores de sus actos, sino a encontrar una satisfacción en la acción misma.  Aprenderá de este modo a ofrecer al mundo en sacrificio todas sus acciones e inclusive su ser todo entero, cualquiera que sea la manera en que el mundo acoja este sacrificio.  Quien desee convertirse en un ocultista debe declararse dispuesto a llevar esta vida de abnegación.
 
   La sexta condición es desarrollar un sentimiento del reconocimiento de todo lo que ocurra a uno.  Hay que saber que la existencia que se ha recibido es un presente del universo entero.  ¡Cuántas condiciones son necesarias para que cada uno de nosotros reciba la vida y pueda conservarla! ¡Cuánto debemos a la naturaleza y a nuestros semejantes!.  Estos pensamientos deben hacerse naturales a los que quieran seguir la disciplina.  El que no las cultive no podrá alimentar en sí el amor universal que es necesario para acceder a un conocimiento superior.  Algo que yo no ame es incapaz de manifestárseme; y cada revelación debe penetrarme de gratitud, porque mediante ella resulto enriquecido.
   Todas las condiciones antedichas deben reunirse en la séptima: concebir cada vez más la vida en el sentido que estas condiciones exigen.  El discípulo se das a sí mismo, de este modo, la posibilidad de introducir la unidad en su existencia.  Los diversos modos de actividad se armonizan y no se contradicen ya.   Es así como se prepara para la calma que debe conquistar desde los primeros tramos del sendero.
   Si alguien tiene la voluntad firme y sincera de llenar estas condiciones, que emprenda su entrenamiento espiritual.  Está dispuesto a seguir los consejos que le den.  Puede que algunos de ellos le parezcan simples formalidades externas.  Quizá también no se esperaban formalidades tan rigurosas.  Pero todo acto de la vida interior debe expresarse mediante un acto externo y, de la misma manera que a un cuadro no le basta con existir en la cabeza del pintor, igualmente no existe disciplina oculta sin manifestaciones exteriores.  En realidad, sólo desprecian las formas exteriores las personas que ignoran que la vida interior debe llegar a expresarse hacia fuera.  Cierto que lo que importa es el espíritu y no su forma, pero del mismo modo que la forma sin el espíritu no es nada, asimismo el espíritu que no puede crear una forma a su imagen es estéril.
   Las condiciones impuestas al investigador tienen por objeto fortificarle con vistas igualmente a las exigencias ulteriores que la disciplina le debe imponer.  Si él no ha cumplido las primeras condiciones, abordará con aprehensión toda nueva obligación; no tendrá la necesaria confianza en los hombres.
   Ahora bien, es precisamente sobre la confianza y sobre un real amor por la humanidad sobre lo que se debe edificar toda búsqueda de la verdad.  Esta debe, verdaderamente, tener en su base el amor por los hombres, aunque ella no pueda ser engendrada por este amor, sino sólo por nuestra propia fuerza interior.  A continuación, el amor por el género humano debe extenderse progresivamente hasta el amor por todo ser, por toda manifestación de vida.  El que no cumpla con las condiciones enunciadas no podrá experimentar un amor total hacia todo cuanto crea, edifica, ni toda la correspondiente repulsión por lo que  destruye y aniquila.  Porque debe uno llegar a ser incapaz de destruir por destruir, y esto no sólo en acción, sino inclusive en palabras, en sentimientos o en pensamientos.
   Todo lo que es crecimiento, devenir, debe ser una alegría y no hay que comprometerse en un acto destructivo mas que cuando uno se sienta de este modo capaz de estimular así la eclosión de una vida nueva.  Con esto, no queremos decir que el discípulo tenga que asistir impasible al desencadenamiento del mal; por el contrario, él debe buscar hasta en el mal aquellos aspectos mediante los cuales se le pueda transformar en un bien.  Adquiere cada vez más la certidumbre de que la mejor manera de combatir el mal y las imperfecciones es realizar el bien y la perfección.  El sabe que nada puede surgir de la nada, sino que lo imperfecto puede ser transformado en perfecto.  El que desarrolla en sí la tendencia a la actividad creadora encuentra muy pronto también el medio de comportarse convenientemente frente al mal.
   El que se comprometa en el seguimiento de un entrenamiento oculto debe saber que tendrá por objetivo edificar y no demoler.  Debe, pues, aportar a dicho entrenamiento una voluntad de trabajo sincera y desinteresada, y no de crítica destructiva.  Debe ser capaz de devoción, porque cuando no se sabe todavía, hay que aprender y hay que mirar con respeto lo que se abre ante nosotros.
   Amor al trabajo y devoción:  tales son los sentimientos fundamentales que se le deben exigir al investigador.  Más de uno constata que no avanza, o al menos así se lo parece, a pesar del trabajo que se toma.  Esto resulta de que no ha comprendido el verdadero sentido del trabajo y de la devoción.  Un trabajador tendrá tanto menos éxito cuanto más se le emprenda solamente con vistas al éxito, y el estudio hará avanzar menos deprisa cuanto menos acompañado vaya de la devoción.  El único resorte del progreso es el amor al trabajo, no el amor al éxito.  Si el estudiante intenta tener pensamientos justos y juicios seguros, que no recorte su devoción mediante la duda o la desconfianza.
   Si se acoge la comunicación que se le hace a uno no repentinamente y sin meditarlo, por causa de una reacción personal, sino en un estado de ánimo tranquilo, respetuoso y confiado, no se trata en absoluto de una sumisión servil.  Los que han obtenido algunos resultados en el conocimiento saben que lo deben todo, no a un juicio personal que se obstina sobre su posición, sino a su decisión de escuchar con calma y de elaborar a continuación lo que se ha recibido.
   Se debe tener presente sin cesar en el espíritu que no se puede aprender nada de un hecho que se ha juzgado por adelantado.  Si únicamente se quiere juzgar, en principio no se puede aprender ya nada.  Es preciso tener la firme voluntad de convertirse en un “discípulo”.   Si no se puede comprender algo, más vale abstenerse de juzgar que hacer un juicio falso; la comprensión vendrá más tarde.
   A medida que se va ascendiendo por la escala de los grados del conocimiento, más se impone la necesidad de acoger las enseñanzas con calma y respeto.  Toda actividad cognoscente, toda vida, toda acción en el mundo espiritual es infinitamente sutil y delicada en estas regiones superiores, comparada con las operaciones del entendimiento ordinario y de la vida en el mundo físico.
   Cuanto más se amplía el campo de acción del individuo, más se cargan de sutileza las actividades que lleva entre manos.  Y esto ocurre porque los hombres llegan a “opiniones” y a “puntos de vista” tan diferentes en lo concerniente a los mundos superiores.  Sin embargo, en realidad no existe más que una opinión verdadera en lo que se refiere a las verdades supremas.  Se puede acceder a ella elevándose a través del trabajo y la devoción hasta el punto en que se contempla la verdad bajo su real aspecto.  Si uno se forma una opinión y mantiene que ésta es la única opinión verdadera, esto prueba que está insuficientemente preparado y que juzga todavía según sus preferencias, sus gustos, sus hábitos mentales.
   No hay más que una manera de comprender un teorema matemático y lo mismo ocurre con las verdades del mundo superior.  Pero antes que nada es preciso prepararse para poder llegar a tal “opinión”.  Si se reflexionase suficientemente sobre esto, las condiciones impuestas por el instructor no sorprenderían a nadie.
   Es perfectamente exacto que la verdad y la vida superior residen en cada ser humano, y que cada uno puede y debe encontrarlas por sí mismo.  Pero ellas se han retirado a una gran profundidad, y sólo después de haber apartado todos los obstáculos es cuando se las puede sacar de allí.  ¿Cómo conseguirlo?.  Sólo quien tiene la experiencia del ocultismo puede responder a esta pregunta.
   La ciencia espiritual da consejos en este sentido.  Ella no impone a nadie ninguna verdad ni promulga ningún dogma: indica un camino.  En el fondo, cualquiera podría encontrar por sí solo este camino, pero quizá después de un buen número de encarnaciones.  Se llega, sin embargo, a recorrer el camino, por medio del entrenamiento oculto.  Gracias a él, el hombre alcanza antes el momento de actuar en los mundos en que su trabajo espiritual puede contribuir a la salvación y el desarrollo de la humanidad.
   He aquí las primeras indicaciones que es preciso dar sobre la manera de adquirir la experiencia la los mundos superiores.  En el siguiente capítulo, esta exposición va a ir seguida de explicaciones sobre el cambio que se produce en el curso de esta evolución en los elementos superiores de la naturaleza humana, es decir, en el organismo psíquico (cuerpo astral) y en el espíritu o cuerpo de pensamiento.  Así, las comunicaciones precedentes serán iluminadas por una nueva luz y se podrá penetrar más profundamente su sentido.
 

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