Metamorfosis de la luz y depresión

Hígado


Es propio del humano padecer los excesos de sus pasiones. A lo largo de la historia constatamos, a través de los escritos, de las obras de arte, las manifestaciones excesivas del odio, de los celos, del miedo, del amor y de ese displacer interno que llamamos melancolía, pena, tristeza, depresión. La búsqueda del término que nombrara a ese estado del alma tiene su historia.
Un aforismo de Hipócrates sintetiza la postura griega: Si el miedo y la tristeza se prolongan, es melancolía. Lo negro, lo agrio, lo pesado, lo triste, encerrado en un término, melancolía
La palabra melancolía deriva del griego: melán, negro; col, hiel, bilis. Los romanos tenían en latín su propia manera de llamar a la bilis negra (atra bilis), pero prefirieron llamarla también melancolía.
Las narraciones sobre la melancolía y sus síntomas están en casi todos los registros literarios y médicos de la humanidad.
La Biblia cuenta el fin del rey Antioco Epifanes (Macabeos 1ª, 6), su tristeza y sus palabras después de una derrota militar: Huye el sueño de mis ojos y mi corazón desfallece de ansiedad.
Para los griegos cuatro eran las esencias: tierra, aire, fuego, agua; cuatro los puntos cardinales; cuatro las estaciones, cuatro eran las edades del hombre, infancia, juventud, madurez, vejez; a qué escapar de esa armonía, cuatro eran los humores: sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema. El fuerte desequilibrio de alguno de ellos era la génesis de la aparición de distintas enfermedades y el leve predominio de un humor sobre los otros, determinaba un temperamento, una predisposición a reaccionar de determinada manera.


Los temperamentos también son cuatro: sanguíneo, colérico, melancólico y flemático.

 

La acedía, fue otro término, actualmente en desuso, que se lo relacionó con la melancolía. El monje Juan Cassiano (360-435) escribió lo siguiente en relación a los ocho vicios capitales: “Nuestra sexta lucha es con la acedía … que perturba especialmente al monje alrededor de la sexta hora (mediodía). Algunos la vinculan al “Demonio del mediodía”, del que habla el Salmo 19. Produce disgusto con el lugar en el que se está, desagrado con la celda, desprecio hacia los otros hermanos. Hace al hombre perezoso y enlentecido para todas las tareas que debe realizar en su dormitorio”. “El apesadumbrado monje se inquieta: Se queja de que no sirve para esa vida espiritual, piensa que solo va a mejorar si deja el lugar. En su inquietud el tiempo pasa muy lentamente, suspira por compañía y busca alivio durmiendo”.
Este cuadro sintomático estaba asociado con el aislamiento y las tentaciones sexuales que padecían los anacoretas en procura de la perfección espiritual y unidad con Dios.
En el siglo XII la acedía fue incluyéndose más en el terreno médico y se la vinculó con trastornos humorales con lo cual fue relacionada más con la enfermedad que con el vicio o pecado.
Aplicada de un modo más extenso continuó siendo una noción familiar durante toda la Edad Media.

 

En el Renacimiento el término acedía se fue perdiendo.
En la actualidad, en el diccionario de la Real Academia Española, acedía tiene dos significados: Pereza, flojedad y Tristeza, angustia.

 

En la Edad Moderna, se desechó la teoría de los humores para explicar la melancolía y se propusieron nuevas causas como las alteraciones químicas producidas en el cerebro y el corazón, los desequilibrios hidrodinámicos de la sangre, la mayor o menor energía del cerebro, etc.

 

Ya en el siglo XVII, en Inglaterra, se empezó a utilizar por primera vez la palabra depresión, que deriva del latín, deprimere (empujar hacia abajo). Su descripción se encuentra en el libro de Robert Burton (1577-1640): Anatomía de la Melancolía, el cual se publicó en 1621. Podemos definirla como: Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos.
Actualmente también se la denomina melancolía, tristeza, desánimo o desmotivación.

 

Enfoque antroposófico y Sistema hepato-biliar como base orgánica para el estado de ánimo del ser humano


Desde la antigüedad ha sido atribuido un papel dominante a ciertos órganos llamados cardinales: Corazón, Riñón, Hígado y Pulmón.
Estos órganos fueron relacionados con los cuatro elementos naturales: Fuego, Aire, Agua y Tierra respectivamente. La Antroposofía muestra que cada uno de estos órganos puede ser puesto también en relación con uno de los cuatro elementos constitutivos del hombre: Yo, Cuerpo astral, Cuerpo etérico y Cuerpo físico, respectivamente. En todo individuo hay una predominancia leve de alguno de ellos y es esto lo que desarrolla un tipo de temperamento. Pero el desequilibrio profundo, la prevalencia desbordada, origina diferentes patologías psíquicas.
A continuación veremos la correlación entre todos estos elementos:


Elementos
constitutivos

Órganos
cardinales

Elementos
naturales

Temperamentos

Patología psíquica

 

YO

 

CORAZÓN

 

FUEGO

 

COLÉRICO

Angustia con temor a la muerte
Temeridad, falta de control, autodestrucción

CUERPO ASTRAL

 

RIÑÓN

 

AIRE

 

SANGUÍNEO

Tendencia esquizoide
Esquizofrenia

CUERPO ETÉRICO

HÍGADO

AGUA

FLEMÁTICO o LINFÁTICO

Depresión

CUERPO FÍSICO

PULMÓN

TIERRA

MELANCÓLICO

Ideas fijas
Melancolía

 

 

 

 

 

 

 

Según predomine en la constitución individual, alguno de estos órganos cardinales (hoy diríamos “órganos target”), el sistema hepato-biliar será perturbado de diversas formas. Cuando el predominio es del propio hígado, está  dada la base del temperamento flemático.
Veamos ahora cómo interviene el proceso hepato-biliar en los diferentes temperamentos.
Empecemos dando una breve reseña de la función del hígado y de la vesícula biliar, desde la ciencia espiritual.


Hígado: es la herramienta física de la que se vale el cuerpo etérico para ejercer su acción en el organismo. Él hígado es el encargado de la vivificación del agua y su organización  corporal, función netamente anabólica. Esta función es fundamental, ya que para que la sustancia sea portadora del impulso anímico-espiritual, debe estar viva. El hígado es un órgano nocturno ligado al sueño.

 

Vesícula biliar: Interviene en la transformación de la sustancia vivificada por el hígado para que sea portadora de impulsos anímico-espirituales. A través de los conductos biliares penetra en el hígado, abarcando cada una de sus células y ejerce su acción catabólica. La vesícula biliar es un órgano diurno ligado a los procesos concientes y la actividad
Es de mucha importancia comprender que, si bien ocurre un intenso contacto entre ambos procesos, las actividades hepática y biliar constituyen una polaridad. El sano sinergismo de ambas está sujeto a un ritmo que hace posible que cada uno despliegue su propia actividad.
Esta polaridad hígado-vesícula biliar puede ser desviada hacia uno u otro lado. Si prevalece el hígado, habrá un predominio de procesos anabólicos. Si prevalece la vesícula biliar, habrá predominio de procesos catabólicos.
En estos predominios tiene su basamento la teoría de dos de los cuatro temperamentos humanos.

 

Predominio entre hígado y vesícula biliar

Temperamento flemático

 

Deriva de flema = mucosidad. Aquí prevalece el elemento agua y el hígado, ya que la quintaesencia del fluido viviente, es la mucosidad. Si este proceso de formación de sustancia viviente se encuentra en primer plano, el yo y el cuerpo astral tendrán dificultades para compenetrarlo. Resulta entonces un individuo más vegetal: abúlico, apático, menos conciente. Lento, benevolente. Cuando el hígado ya no cumple correctamente su papel de instrumento del alma, estas características tienden a acentuarse y la benevolencia se transformará en debilidad del espíritu y la inercia en depresión. Aparece el temor a la vida que se manifiesta preocupaciones por el porvenir. Se vuelven obsecados y discuten por pequeñeces. Las tareas elementales les parecen insuperables. La depresión puede llegar al extremo de la abulia total.

Temperamento colérico

 

Aquí el equilibrio hepato-biliar se encuentra desviado a favor de la actividad biliar. Es decir, la sustancia viviente es demasiado dominada y transformada en un sentido catabólico, por el yo y el cuerpo astral. No se manifiesta vida vegetativa, sino vida anímico-espiritual chispeante. El carácter colérico biliar puede llegar hasta la destrucción manifestado en un ataque de furia. Todo este acontecer está ligado profundamente con el hierro. Lo que Marte es en el cosmos, el hierro es en la naturaleza y la bilis en el organismo. El hierro es el metal de la encarnación, pues lleva al espíritu hacia la Tierra.

Los otros dos temperamentos, tienen relación con el proceso biliar en sí mismo.


Predominio entre luz y oscuridad del proceso biliar


A través del proceso biliar, ocurre una separación en la sangre viva: se separa el hierro de la porfirina. El hierro queda en el organismo y la porfirina es catabolizada y excretada con la bilis como pigmento biliar. Ambos procesos son polares en sí mismo: uno es de integración del hierro y el otro es de eliminación de pigmentos biliares.
El proceso lumínico es un aspecto característico de la esencia del hierro y es por eso que en su liberación se encuentra como una chispa centelleante que compenetra de luz a la sangre. De esta manera, se constituye otra polaridad, la de luz y oscuridad, dada por la división fisiológica de hierro y pigmento biliar.

Temperamento sanguíneo

 

El riñón es el órgano involucrado que incide sobre el proceso hepato-biliar. Aquí predominan las fuerzas de la luz del impulso del hierro que se integran a la sangre. Se produce entonces un mayor empuje ascendente, un erguirse por encima de la gravedad terrestre. Su elemento es el aire y por ende está más dominado por lo anímico. Es chistoso y muy sociable, pero se agota rápidamente.

Temperamento melancólico

 

El pulmón es el que ejerce su predominio. A nivel biliar se produce un aumento de las fuerzas de la oscuridad porque el organismo está más compenetrado por el torrente biliar. Su elemento es la tierra. Están fuertemente unidos a su cuerpo físico, demasiado unido a él. Por eso toman todo a la tremenda. Son personas minuciosas y profundas con tendencia a la depresión. Tienen dificultad para encontrar soluciones como expresión de una deficiencia del proceso lumínico.

 

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