MUERTE, ESOTERISMO Y REENCARNACIÓN – Capítulo II: UN POCO DE HISTORIA

La creencia de que la vida continúa de algún modo tras la muerte del cuerpo es común a todos los pueblos y era vivida como algo evidente de por sí, sin que constituyera ningún dogma obligatorio. También en Occidente era creencia compartida por casi todos, al menos hasta la llegada del negro humo de la revolución industrial. Así como destaca la total unanimidad de los pueblos sobre la realidad de la vida póstuma, también resalta a primera vista la aparente diversidad de sus modalidades. En lo referente a las culturas denominadas primitivas (1), se presenta ya de antemano la dificultad de las grandes diferencias de mentalidad y de lenguas entre los antropólogos y los nativos; aun suponiendo que los componentes de una tribu determinada tengan ideas semejantes, nunca se está seguro de que hayan sido bien interpretados por el etnólogo o antropólogo de turno, y menos todavía en un tema tan complicado. En lo tocante a la “reencarnación”, ante todo deberíamos intentar aclarar qué es lo que “reencarna”, para luego comprobar si el pensamiento arcaico que se está estudiando coincide con ello. Naturalmente, si se quiere un mínimo de rigor y profundidad, nos encontramos también que en nuestro mundo occidental hay una serie de palabras diversas mucho más imprecisas de lo que sería de desear para designar tanto la constitución del ser humano como los diferentes estados tras la muerte; por ejemplo, en el Cristianismo, ¿es lo mismo “alma” que “espíritu”? ¿El ‘Paraíso” designa lo mismo que el “Cielo”?Aun sin entrar en mayores precisiones, los diversos autores no concuerdan sobre la extensión de la creencia en la “reencarnación”. El antropólogo James Frazer (1854-1941) decía en su tiempo estar impresionado por lo frecuentemente que aparece, mientras que su colega de hoy, Holger Kalweit, notable experto en Chamanismo, asegura que no está muy difundida; G. Parrinder, profesor de Religiones Comparadas en la Universidad de Londres, afirma por su parte que la creencia en cuestión es omnipresente en toda el Africa tropical, y así todo un sinfín de opiniones. Centrándonos en las grandes tradiciones más organizadas, es habitual la aseveración de que las religiones orientales comparten especialmente la fe reencarnacionista. Por lo que hace a la tradición propia de la India, el Hinduismo o Brahmanismo, pueden citarse las Leyes de Manú, puestas por escrito quizás en el siglo II a. C., que mencionan diferentes renacimientos según haya sido el comportamiento anterior. “Así como se arrojan las ropas gastadas para ponerse otras nuevas, el alma viviente se deshace de los cuerpos gastados para ponerse los nuevos”, dice el Bhagavad Guitá, II, 22 (2).Pero el tipo de renacimiento está ligado al karma (“acción”, en sánscrito, y más específicamente “acción ritual”) y las Leyes de Manú presentan toda una teoría según la cual el que ha hecho el mal fundamentalmente renace como animal, y el que ha actuado con predominio del bien renacerá como genio o ángel (dêva), mientras que aquel que actuó dejándose llevar por los deseos renacerá como ser humano. En resumidas cuentas: Ya se actúe de pensamiento, palabra u obra, el acto llevado a cabo dará fruto, bueno o malo, y determinará la vida posterior, mejor, igual o inferior”, dicen las Leyes de Manú. Como puede verse, aquí no se restringe de ningún modo el renacimiento a la especie humana, y en ello coincide con todas las escrituras sagradas que aluden a las vidas sucesivas. Entre los escritos que forman propiamente el núcleo de la tradición hindú, los himnos védicos aluden ya a dos caminos diferentes que sigue el alma viviente cuando abandona el cuerpo: el dêva-yâna o vía de los Dioses y el pitri-yâna o vía de los antepasados; de la primera no se retorna (a la manifestación individual), de la segunda sí que se vuelve. Dicha enseñanza la repiten los escritos más posteriores y explícitos, el Bhagavad Guitá y los Upanishads: “Por sus acciones pasadas volverá a nacer, entrando en la forma más acorde con sus inclinaciones. Cuando haya recibido en un paraíso el fruto de las acciones cumplidas, regresará desde aquel mundo de nuevo a éste, el mundo de la acción”, (Brihadâranyaka Upanishad).”Muchos nacimientos míos, ya pasados, y tuyos hay, oh Arjuna. To todos ellos los conozco, pero tú no los conoces, oh destructor de enemigos”, dice Krishna en el Bhagavad-Guitá, canto IV, 5El Budismo, por su parte, hace mención al renacimiento tanto en las escrituras de la rama Theravada (el llamado Canon PaIi) como en las propias de la rama Mahâyâna. La más difundida en Occidente puede ser el llamado “Libro Tibetano de los Muertos” (Bardo Thodol o Par-to-tho trol) (3), especie de manual para orientar al principio consciente del difunto en el que se habla de seis tipos simbólicos de seres en los que puede renacerse: como hombres, dioses, titanes, animales, entidades hambrientas o seres infernales, todo ello si no se renace en el Dewachen, un tipo de paraíso que es como la antesala del Nirvana (o Fin Supremo) y del que ya no se sale hacia la “reencarnación”. Examinando el Canon Pali se encuentran asimismo las cinco o seis posibilidades ya citadas de renacimiento. Por lo tanto, el Budismo tampoco presenta ninguna garantía de “reencarnación” humana; por el contrario, hay un dicho budista según el cual “si una tortuga emergiera del océano una vez cada cien años, habría más posibilidades de que al hacerlo su cabeza se introdujera en el orificio de un madero a la deriva que las que hay para conseguir un precioso nacimiento en un cuerpo humano”.Ya en Europa, parece que la primera referencia escrita sobre vidas anteriores sea la que se encuentra en Empédocles (483/2-439 a. C.): “Yo fui, en otro tiempo, muchacho y muchacha, matorral y ave y silencioso pez” (Las Purificaciones). Sin embargo, la fuente más influyente son los Diálogos de Platón. Anteriormente, parece que la escuela pitagórica enseñaba ya las existencias sucesivas; Diógenes Laercio escribe que, según Heráclides Póntico, Pitágoras decía de sí mismo que “en otro tiempo había sido Etálides y tenido por hijo de Mercurio; que el mismo Mercurio le tenía dicho pidiese lo que quisiese, excepto la inmortalidad, y que él le había pedido el que vivo y muerto retuviese en la memoria cuanto sucediese”… que tiempo después de muerto, pasó al cuerpo de Euforbo y fue herido por Menelao. Que siendo Euforbo, dijo había sido en otro tiempo Etálides, y que había recibido de Mercurio el don la transmigración del alma… que después que murió Euforbo, se pasó de alma a Hermótimo… que después que murió Hermótimo, se pasó a Pirro… y finalmente… vino a ser Pitágoras, y se acordaba de todo cuanto hemos mencionado (Vidas de los más ilustres filósofos griegos, libro VIII. Utilizamos la versión de J. Ortiz, Barcelona, Orbis, 1985). En todo, caso, ha de tenerse en cuenta que el Pitagorismo era una organización “esotérica” y no dejó obras escritas que traten del asunto; Platón acogió, al parecer, buena parte de la doctrina pitagórica, y algunos diálogos suyos encaran particularmente lo referente a la muerte, como Fedón, Fedro, Gorgias, Menón, el Libro X de La República y el Timeo: “Entonces, el alma, siendo inmortal, y habiendo nacido muchas veces, habiendo visto todo lo existente, sea de este mundo o del de abajo, tiene conocimiento de todo ello” (Menón). “El alma de cada hombre ha sido, por ley de su nacimiento, espectador de la verdad eterna; de otro modo, no habría pasado nunca a nuestro cuerpo mortal; con todo, no es nada fácil que la existencia actual nos recuerde las pasadas”. (Fedro).Tanto en el Timeo como en el Fedón y en el mito de Er narrado en el Libro X de La República hay referencias a encarnaciones en animales. Aparte del paréntesis de Aristóteles, la enseñanza de Platón se continúa a lo largo de los siglos en sus discípulos, siendo Plotino (205-270) sin duda el más eminente. Plotino admite, siguiendo al maestro, la diversidad de los posibles renacimientos: “Así, cuando el alma se introduce en la planta, es una parte de ella la que permanece en la planta; se trata de su parte más imprudente y alocada, ya que ésta es precisamente la que ha avanzado hasta aquí. Pero cuando se ha introducido en un ser irracional es el predominio de su potencia sensitiva el que la ha conducido hasta él. En fin, cuando ha penetrado en el hombre, su actividad se circunscribe al razonamiento o procede de la inteligencia” (Enéada V, 2, 2).El discípulo directo de Plotino, Porfirio (232/233-c.a. 304), parece ser el primero que se tomó la libertad entre los neoplatónicos de afirmar que las “reencarnaciones” de los seres humanos sólo pueden tener lugar nuevamente como hombres; probablemente como reacción defensiva ante las burlas de escritores cristianos sobre renacer como mosquito, manzano, etc. Sea como fuere, a partir de esa época comenzaron a aparecer declamaciones sobre “la inmarcesible nobleza del Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano se impone cierto silenciamiento de la doctrina de las. vidas sucesivas. El gran Orígenes (186-254), considerado el primer teólogo de Iglesia (contemporáneo y condiscípulo de Plotino) enseña o conjetura en su obra De Principiis que los espíritus-intelectos preexisten a la existencia humana : “Se llama alma (psiqué) por haberse enfriado en el ardor del fuego divino, pero sin perder por ello la facultad de volver al estado de fervor en el que se hallaba al principio… parece deducirse que el intelecto o espíritu (nous) habiendo caído de su primer rango vino a hacerse y llamarse psiqué, y, si se corrige, vuelve a ser espíritu (nous)”. También decía que, al morir el cuerpo, las psiques pueden ir al Paraíso terrenal, que es una especie de antesala preparatoria de los Cielos superiores; las almas o psiques que no han despertado a su origen divino pueden tomar de nuevo un “cuerpo” (ensomatosis); pero, como observa Pierre Nautin (4),. sólo preveía la “encarnación” una vez en cada uno de los sucesivos ciclos diferentes de existencia; esta última particularidad es muy de tener en cuenta, puesto que Orígenes compartía, con el Hinduismo y el Budismo, la doctrina de los diversos ciclos cósmicos; no sólo existe el mundo que conocen los seres humanos actuales, sino que hay una serie indefinida de ellos Focio de Constantinopla (siglo XI) asevera que Clemente de Alejandría (ca. 150-ca. 215), en una de sus obras perdidas, mantiene a veces la recta doctrina (sic), pero otras veces enseña fábulas (sic) de metempsicosis y de mundos anteriores a Adán. Clemente era el antecesor de Orígenes en la escuela de Alejandría. En el Concilio de Constantinopla del año 553 se discutió y condenó la doctrina de la preexistencia de los intelectos sin embargo, los especialistas discuten hoy si pueden admitirse los. anatemas allí fulminados, ya que en las actas oficiales del Concilio no hay referencias al respecto. En todo caso, lo cierto es que la enseñanza oficial exotérica sí que admite la existencia de un ángel de la guarda propio para cada ser humano, con arreglo al Evangelio de San Mateo, 18, 10: “Sus ángeles, en los cielos, -dice refiriéndose a los “pequeños”- ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”. Tales ángeles custodios vienen a coincidir con los intelectos preexistentes, como se comprueba leyendo a Orígenes, y se encuentran asimismo en las enseñanzas del Mazdeísmo, Judaísmo e Islam. La diferencia está entre la interpretación exterior o exotérica, que considera a los ángeles custodios como seres totalmente diferentes de los humanos, y la enseñanza interior, inteligente (de intus legere: leer interiormente), es decir, esotérica, que encara a los ángeles de la guarda como una especie de arquetipo permanente del ser, intermediario entre el arquetipo increado y los estados individuales del ser, uno de los cuales (aunque no el único) es el estado humano. El emperador Justiniano, que posteriormente habría de inmiscuirse con todo su poder en el ya citado Concilio del año 553, se ocupó en el año 529 de clausurar la Academia Platónica de Atenas, ya en franca decadencia. A partir de este momento, el neoplatonismo deja prácticamente de existir como escuela independiente y pasa a integrarse en el Cristianismo, siendo especialmente apreciado por los más intelectuales de entre los teólogos, tanto de la Iglesia oriental como de la occidental. También en el Judaísmo y en el Islam, platonismo y neoplatonismo constituyen un importante foco metafísico, pero, en todos los casos citados, lo referente a las existencias sucesivas se suele pasar bajo silencio por resultar aparentemente incompatible con la presentación exotérica que se hace en las mencionadas religiones de la vida de ultratumba. Como compendio de las creencias predominantes en la Edad Media occidental podría presentarse la obra maestra de Dante, La Divina Comedia, escrita a principios del siglo XIV y que describe un viaje a través de diferentes grados infernales, del purgatorio (o mundo psíquico intermedio), del paraíso terrenal, en la cumbre de la “montaña” del purgatorio, y de los cielos planetarios (en realidad, grados “paradisíacos”), hasta llegar al Empíreo, Cielo que es pura luz, y desde allí contemplar los nueve órdenes o coros angélicos que se presentan en forma de nueve círculos luminosos girando en tomo al resplandeciente punto de luz que es la Santísima Trinidad. De este libro, Miguel Asín Palacios ha demostrado las múltiples relaciones de fondo y de forma con el Libro del Viaje Nocturno y las Revelaciones de La Meca, de Mohyiddin Ibn ‘Arabi, el más grande de los maestros espirituales del esoterismo islámico y de cuya doctrina derivan varias de las principales órdenes iniciáticas islámicas. Nacido en Murcia, es denominado a veces “Hijo de Platón” (véase Asín Palacios, La escatología musulmana en la Divina Comedia). También se han encontrado grandes similitudes de La Divina Comedia con el libro Ardá Viraf del Mazdeísmo y con descripciones hindúes y budistas, de donde la hipótesis de una influencia que habría recibido Dante. de la India, y se ha dicho asimismo de la obra que es “totalmente neoplatónica”.En realidad, tales semejanzas sólo demuestran la unidad doctrinal que hay en el fondo de las diversas tradiciones, sin necesidad de una influencia directa o de la existencia de “préstamos”. Por nuestra parte, señalaremos la concordancia entre la distinción que hace Dante entre el Paraíso Terrenal y. los grados superiores celestes o angélicos y la creencia general tanto entre los cristianos primitivos como entre los de la Edad Media y el Renacimiento. Es en épocas más “avanzadas” cuando se va borrando la diferenciación entre los diferentes grados, hasta llegar a la frase hoy habitual entre creyentes de que “El Cielo es Dios”. Conviene indicar también que el propio Dante señala que existe en su obra un sentido oculto, bajo el velo de los extraños versos, para aquellos que tengan intelectos sanos (véase René Guénon, El esoterismo de Dante).Durante el sedicente Renacimiento seguía diferenciándose más o menos entre el Paraíso Terrenal y el Celestial, si bien cada vez se atendía más a la “vida ordinaria” en detrimento de todo lo relativo al “más allá”. En ciertos círculos de élite se prestó de nuevo algo de atención al asunto de las varias existencias al calor del renovado interés hacia neoplatonismo y hermetismo que propagaba la Academia Platónica de Florencia. Así, según Pico della Mirándola (1463-1494) “Todos los sabios indios, persas, egipcios y caldeos creyeron en la transcorporación de las almas.”NOTAS:(1). Se trata en realidad de culturas en proceso degenerativo desde hace miles de años. Son “arcaicas”, pero no “primitivas”.(2). Bhagavad Guitá, Madrid , Madrid, 1996. La edición de Edhasa (Barcelona, 1988) dice así: 
Como los vestidos viejos quitándose / un hombre se pone otros nuevos, / así dejando los viejos cuerpos/se dirige a otros nuevos la Encarnada. (3). El libro tibetano de los muertos, EDAF, Madrid, 1981. Hay una reciente traducción directa al castellano (de Ramón N. Prats), Madrid, Siruela, 1996.(4). Cf. Pierre Nautin, Origéne, Beauchesne, París, 1977. 
 

 

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