Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo III: EL SER Y EL HUEVO CÓSMICO

Como se señalaba al comienzo del anterior capítulo, es patente la falta de concreción de las palabras que intentan designar la constitución del ser humano o los estados post-mortem en las lenguas occidentales. Sin embargo, es posible restituirles su significado profundo si se tiene en cuenta que, por encima de las aparentes contradicciones, las diversas tradiciones sagradas proceden de un fondo común esotérico que les confiere su significado más auténtico (1); dicho fondo común es de origen suprahumano, lo que garantiza su veracidad, pues el ser humano en general, tras la salida del “Paraíso”, tiene el intelecto (en el sentido auténtico de la palabra) habitualmente dormido, y sólo utiliza la facultad propiamente humana, es decir, la razón, la mente (mens latino o manas sánscrito) racional. El evidente estado de ignorancia y desorientación de la humanidad en general y de algunos pueblos más especialmente hace necesario que, desde el citado Centro paradisíaco, surjan revelaciones espirituales de cuando en cuando, lo más adaptadas que sea posible a la mentalidad que predomina en ciertas culturas y en ciertos momentos. Esta noción de “esoterismo” está hoy lógicamente desprestigiada al confundirse con toda la marea creciente acerca de poderes ocultos ovnis, adivinación, brujería, etc., o con artificiales “escuelas de pensamiento” ocultista formadas por retales tomados de aquí y de allá, cuando no se trata de algo peor. Con todo, la realidad de un Centro Supremo y de la Tradición Primordial es indudable y resultarán inútiles los esfuerzos de algunos dirigentes exotéricos para negarlo; contraproducentes e inútiles fueron también los ímprobos esfuerzos que se hicieron, por ejemplo, para mantener a todo trance el sistema geocéntrico. Como alguien ha dicho, la ciencia hoy vigente ha puesto de manifiesto ciertos puntos débiles de los exoterismos religiosos, y sólo el esoterismo tradicional está en condiciones de aportar las respuestas pertinentes a diversos interrogantes que se hace el hombre actual. Y es que: “Por la gnosis se perfecciona la fe, de forma que solamente por ella alcanza el fiel su perfección… pero la gnosis es transmitida por tradición a los que se han hecho dignos de tal enseñanza… la fe es como un compendio de las cosas más necesarias, mientras que la gnosis es una explicación sólida de las cosas aceptadas por la fe”, tal y como señala Clemente de Alejandría, entre otros párrafos semejantes.”Dios” es palabra que designa al Ser Puro, origen de toda la existencia y trascendente a ella; viene del latín deus (sánscrito, dêva) y está en relación con la luz del “día”, la luz solar Hablando simbólicamente, si Dios es el Espíritu y el Ser Puro, los rayos que de El surgen, sin ser de Él realmente distintos, pueden ser denominados “espíritus de Dios” o “inteligencias de Dios” (nous, en griego, e intellectus en latín) o “mensajeros de Dios”. La palabra “ángel” deriva del griego y significa literalmente “mensajero”, “anunciador”; pero los ángeles, puras inteligencias, ya son algo creado aunque invisible para los humanos (“Dios es creador de lo visible y de lo invisible”, dice el Credo cristiano), están ya sujetos a la existencia; el mismo vocablo “existencia”, de ex-stare, indica la dependencia de todo lo creado o existente con relación al Ser increado que es su origen y su final. Los ángeles, que corresponden aproximadamente a los dêvas del Hinduismo, se caracterizan por no estar sometidos a ninguna forma individual (2).Como derivación de los mencionados grados angélicos se encuentran ya los “mundos” de la creación o manifestación individual, en los cuales los seres aparecen sujetos a una forma individual para todo el ciclo de desenvolvimiento de dichos mundos y, entre tales mundos de manifestación formal, uno de ellos es el estado humano. Dicho estado tiene la particularidad de que cabe distinguir en él la modalidad sutil o psíquica, que es un conjunto bastante complejo, aunque en parte corresponde al ordinario sueño con ensueños, y la modalidad corporal, que se hace visible a los sentidos ordinarios de la vigilia. Cuando se abandona tal envoltura corporal puede ocurrir que se mantenga la forma psíquica humana hasta el final del ciclo de nuestro mundo, pero de esto se tratará más adelante. Así pues, hemos de considerar con el máximo grado de realidad al Ser o Espíritu Universal anterior a toda existencia (3). Allí, en palabras de Plotino, “todos los seres son transparentes y nada tienen de tenebroso ni refractario, sino que todo ser es claro para todo ser hasta en su intimidad y es todos los seres. Porque es la luz para la luz. Todo ser, en efecto, contiene en sí mismo todo y ve en todo en cada uno de los otros. De forma que todo está en todos los sitios, todo ser es todo, cada uno es todo y la irradiación es infinita… En cada uno predomina su diferencia, aunque todo se transparenta allí” (Enéada V, VIII, 4).Atendiendo ahora a la creación o manifestación, su. origen a partir de un simbólico Huevo Cósmico es común a hindúes, chinos, tibetanos, egipcios, fenicios, órficos, celtas, en Oceanía, etc. También en el Talmud, Dios se sirve de las dos mitades de un huevo para originar la creación. En tal Huevo Cósmico (Brahmânda en la tradición hindú) están contenidos virtualmente todos los dioses, hombres, animales, etc., que de Él se irán desarrollando. Si nos referimos a todo el conjunto de la manifestación universal, dice la Chandogya Upanishad que, al cabo de un simbólico año, la mitad superior formó el Cielo y la inferior formó la Tierra. Ello corresponde a la separación que se menciona en el Génesis. bíblico entre las Aguas Superiores y las inferiores, aludiendo dichos “Cielo” y “Aguas Superiores” a la “creación” de los grados angélicos. Estamos ya en los coros angélicos, “mundo” inteligible y supraformal en el cual el ser no está sujeto a una forma individual; así como alguien que duerme puede adoptar en el sueño con ensueños diversas “personalidades” sin ser afectado por ello, el ángel puede revestirse de variadas formas individuales sin resultar atado a ninguna de ellas. Si nos centramos en nuestro estado humano, lo del Huevo Cósmico se refiere al origen de nuestra manifestación individual. Se dice en el Hinduismo que Brahmâ (aspecto “creador” del Ser Universal, lshwara), se manifiesta como “Embrión de Oro” en el centro del Huevo Cósmico (5). Dicho Embrión Aureo es el rayo angélico en nuestro mundo, el plano inteligible que se denomina Buddhi en la tradición hindú y que origina, rige y reabsorbe al fin del mundo a todos los seres de nuestro mundo; más propiamente, de él se origina la manifestación psíquica o sutil de nuestro mundo y de ella, a su vez, se precipita (en el sentido alquímico de la palabra) la “creación” corpórea. Para el ser humano, todas las tradiciones coinciden en la analogía que hay entre la constitución del macrocosmos y la del microcosmos (el hombre). “Cuando decimos que todas las cosas están en Dios, entendemos que, lo mismo que Él existe en su naturaleza y, a pesar de ello, es absolutamente distinto de todo lo demás, de igual forma en Él todas las cosas se hallan en la mayor distinción y, sin embargo, no distintas, y además porque el hombre es Dios en Dios. Lo mismo que Dios no es distinto del león y es totalmente distinto de él, igualmente, en Dios, el hombre no es distinto del león y es absolutamente distinto de él”, escribe el Maestro Eckhart, gran teólogo medieval, en uno de sus sermones latinos. En un plano decreciente de realidad, nos encontramos con el ángel custodio, que no es “un bonito cuento para que los niños duerman tranquilos”, como opina el vulgo, sino que, con distintas formas, es enseñanza común a las tradiciones sagradas. Dice la Biblia que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”; esta “imagen”, en griego eikon y en hebreo tselem, según el profesor G. Scholem, especialista en Kábala y tradición hebrea, corresponde a la Daena del Mazdeísmo o Zoroastrismo. Dicha Daena es como un ser preexistente que sale al encuentro del recién fallecido cuando éste atraviesa el puente Chinvat y que lo guarda y ayuda durante su vida terrestre. Al mismo tiempo, se presenta como una especie de conciencia religiosa que adopta apariencias distintas según haya sido la conducta del difunto en la Tierra. Judaísmo, Cristianismo e Islam invocan también la existencia de un ángel de la guarda propio para cada ser humano. En la tradición hindú, Buddhi se presenta como un rayo luminoso que conecta los estados individuales del ser con su arquetipo increado, el Sí Mismo, tal y como ya se ha dicho. Considerando ahora a un determinado ángel como un simbólico rayo solar, dicho ser se refractará en nuestro medio cósmico -psíquico y físico- en aquel punto que esté acorde con su naturaleza intrínseca y no en ningún otro. Realizará así en modo creado la posibilidad de manifestación en nuestro concreto estado de existencia que él porta en sí mismo desde siempre en modo no creado. Una vez encarnado un ser en nuestro estado humano, aunque sea durante unos segundos, ello significa que ése era su modo propio de manifestación en nuestro mundo y, por lo tanto, no cabe ninguna reencarnación. Lo que sí es posible es la transmigración a otros mundos individuales de manifestación. Acudiendo a la analogía con el macrocosmos, podría decirse que el “rayo solar” toma contacto y que sea mas afín con sus características propias. Es importante tener en cuenta que los padres transmiten al hijo tanto la herencia corporal-fisiológica, que es evidente, como también una herencia psíquica o sutil, aunque no aparezca ésta tan a las claras. Así como de Brahmâ o el Embrión Aureo se dice que queda envuelto aparentemente por el Huevo del Mundo, pero al llegar el final de nuestro kalpa (el fin del mundo de las religiones occidentales) los diversos seres que se han manifestado en nuestro ciclo regresan a su origen y toca a su fin la representación “teatral” también el ser angélico que estamos tratando con respecto a un hombre, queda aparentemente envuelto y circunscrito por un óvulo fecundado, tanto corporal como psíquico, pero, una vez desarrolladas las potencialidades inherentes, el cuerpo muere, y puede ocurrir entonces que dicho ser se mantenga de momento en el dominio psíquico a la espera del “fin del mundo”. Sin embargo, una vez que el ciclo del hombre toca a su fin y acaba el “juego cósmico” correspondiente, no hay ya individuo humano propiamente hablando, pero ello no significa que perdamos algo. No es que al nacer en la especie humana hayamos podido “agarrar” por fin una identidad individual y que al fin del mundo la perdamos, sino que el nacer como humanos corresponde a una posibilidad de manifestación que es desde siempre en nuestro arquetipo en modo no manifestado; retornando a la Fuente de donde todo procede no puede perderse nada. También puede ocurrir que al morir el cuerpo, el ser no consiga mantenerse como humano en la modalidad sutil o psíquica hasta el final de nuestro mundo; en tal caso tiene lugar la “segunda muerte” y el Karma determinará la transmigración hacia otro mundo individual, como luego se verá. NOTAS:(1). Acerca de la distinción entre “esoterismo” y “exoterismo”, véase René Guénon, introducción general al estudio de las doctrinas hindúes, LC, Buenos Aires, 1988.(2). En referencia a los ángeles hay que distinguir básicamente entre los que ocupan una posición central y aquéllos de situación periférica. Así como en la Tierra están las especies animales como periferia de la posición central del ser humano, en el “Cielo” se distinguen los simples ángeles, por una parte y, por otra, los Cuatro Arcángeles que manifiestan el “Espíritu de Dios” (en árabe, Er-Rûh).(3). Para hablar con toda propiedad habría que considerar en primer lugar al Infinito como máxima realidad, pero las religiones monoteístas no suelen detenerse en ello (Cf. cap. VII).(4). En varios pasajes bíblicos el Mesías o Cristo es denominado “germen”.   

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