Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo VII: LA ESPIRAL Y LA RUEDA

La representación de la realidad que nos proporciona el símbolo del rosario o collar, siendo adecuada, es inevitablemente insuficiente en algunos aspectos y conviene acudir a otros símbolos diferentes para una mejor comprensión. Hasta el momento, nos habíamos limitado a considerar el grado del Ser puro, y sin embargo esta perspectiva, que es la de las religiones monoteístas, siendo legítima, no es la más elevada posible, y la Sabiduría Perenne emplaza primero y por encima al No-Ser, Brahman, la “Deidad” de la que hablaba el Maestro Eckhart. El Principio Supremo sólo puede ser el Infinito, lo que no tiene límite alguno, pues cualquier característica definida sería ya una limitación. De esa infinitud o infinidad se desprende que el Infinito es también la Posibilidad Universal; ya que toda posibilidad ha de estar necesariamente contenida en el Infinito. Si el Ser es el principio de la manifestación, el origen de toda la existencia, es preciso que permanezca él mismo no manifestado, pero el Ser es ya una afirmación, una determinación, y para que haya tal afirmación se requiere previamente un Silencio, un No-Ser; asimismo, si el Ser es el Uno metafísico, el No-Ser equivaldrá al Cero metafísico. De todo ello se deduce que el Principio Supremo, el Infinito o Brahman, abarca tanto al Cero metafísico como al grado del Ser puro. Tal diferenciación en Dios entre el Ser y el No-Ser viene a corresponder a la que se hace en la teología de la Iglesia Ortodoxa cuando se presenta la “distinción-identidad” de la Esencia y las Energías divinas, siendo increadas tanto la una como las otras (1).El conjunto del Ser y del No-Ser podría representarse gráficamente por medio de dos círculos concéntricos (V. Fig. 1), de los cuales el más interior simbolizaría el Silencio, el Cero, y el más exterior representaría el Ser, el Pleroma que reúne todos los atributos o cualidades divinas, la totalidad de las posibilidades de manifestación pero en estado inmutable e increado.

Si ahora pasamos de la Esencia a la Existencia, del Ser a su manifestación, podemos representar al Pleroma del Ser como un círculo del cual surgen diversos rayos-radios que son la expresión en modo manifestado de los atributos divinos o Nombres de Dios (figura 2). Apenas es necesario decir que la representación de la figura con cuatro, seis, ocho o doce radios es meramente simbólica, puesto que en el grado del Ser inmanifestado la cantidad no es aplicable en modo alguno, ni tampoco en la manifestación supraformal.

Con los radios-rayos, estamos ya en el plano angélico, el de la manifestación informal. Dado que todo lo manifestado es una combinación de acto y de potencia (según el lenguaje escolástico), podríamos decir que en cada ángel está en acto un determinado atributo o cualidad divina, mientras que los restantes atributos quedan en potencia en dicho ángel. Cada uno de los rayos quiere señalar aquel atributo-ángel que enfocamos en acto en una manifestación determinada o grado de existencia. Añadiendo ahora una circunferencia exterior a cada rayo, se representa ya el conjunto indefinido de los grados de existencia, para cada uno de los cuales hay un atributo divino que es más específicamente su “ángel” (figura 3).En este caso, el pequeño círculo exterior simboliza un mundo de entre todo el conjunto, el cual estará en acto, mientras que los restantes círculos exteriores representarían todos los indefinidos grados de manifestación o “mundos”. Para los seres individuales del mundo que enfocamos, los restantes mundos permanecen en potencia, como también los rayos -simbolizantes de la manifestación angélica o inteligible- a la espera de una posible “actualización”, un pasar de la. potencia al acto.

Si un ser particular se encuentra en acto en el mundo representado por uno de los círculos exteriores y consigue despertar del sueño. (tendrá una ocasión especial en el momento de la muerte), y remontarse a través del rayo angélico o arquetípico hasta su origen, ello significará que ha logrado retornar a su Centro increado, al Principio en donde se contienen las perfecciones de todos los seres en acto puro. En consecuencia, una vez conseguido dicho regreso, no necesitará realizar en modo manifestado las posibilidades de manifestación representadas por los demás círculos exteriores y por los radios, ya que todas ellas son en la permanente actualidad del Ser increado. Otra opción que cabe es la de identificarse con el plano inteligible de los ángeles o dêvas emanados del Pleroma del Ser, en cuyo caso no se queda liberado de la manifestación universal, pero sí de caer en otra existencia individual; el ser es o existe como “dios por el karma” (karmandêva).Si el ser que estamos encarando no logra el suficiente grado de conocimiento efectivo, será arrastrado por su residuo de karma y renacerá en una existencia individual en otro de los círculos exteriores de la figura descrita, en la que -hablando simbólicamente- puede manifestarse como hombre, gusano, cizaña, tigre de bengala, etc. Como ya se ha dicho, el conocer acerca de las condiciones que son propias de otros “mundos” nos resulta inalcanzable en tanto que humanos, pero podemos hacernos una idea de ellas por comparación o analogía con lo que vemos en nuestro mundo. Por otra parte, es importante hacer notar que entre los atributos o cualidades expresados por los Nombres divinos (y en la representación gráfica, por los radios-rayos) hay una jerarquía según la mayor o menor “cercanía” al Principio Supremo, a la Esencia Divina. Hay en el Ser Universal, en su permanente actualidad, una jerarquía de “más” a “menos” que, en tanto que se manifiesta, lo hace como reflejada en un espejo, el de la Substancia Universal. Dicha reflexión proporciona una imagen especular (que es el despliegue de la manifestación universal) en la cual aparecen “antes” los mundos correspondientes a los atributos divinos más alejados de la Esencia Divina, y aparecen “después” las cualidades más cercanas a Ésta. Tal jerarquía entre los atributos de Dios no se representa bien con los símbolos del rosario o de la rueda y puede expresarse por medio de un eje central inmóvil y una serie de arandelas en él insertadas, en donde los aros inferiores simbolizarían los estados de menor jerarquía o esencialidad. Pasando de un grado a otro se va ascendiendo -dentro de la relatividad inherente a todo lo que es manifestado-. El recorrido forma en realidad una espiral, y la espiral es un sugerente y recurrente símbolo de la manifestación universal, como lo es la cruz. En una simbólica cruz, el trazo horizontal expresaría la expansión dentro de cierto grado de existencia de entre todo el conjunto de la cadena de los mundos (por ejemplo, el grado al que pertenece el estado humano); el tramo vertical inferior representaría los grados inferiores, los “anteriores” al estado de existencia que incluye al ser humano en su centro (“anteriores” ontológicamente, pero de ninguna manera cronológicamente); por su parte, el tramo superior vertical simboliza los mundos superiores al correspondiente al estado humano. Los Titanes o No-Dioses (Asuras) son producidos antes que los Dioses (dêvas); en este caso, los Asuras simbolizan los grados “anteriores” a nuestro mundo, mientras que los Dêvas se refieren a los grados “posteriores”. También en ellos se encuentra la explicación de la anomalía aparente de que los vegetales son creados, según la Biblia, antes que las estrellas. Es fácil ver a qué hacen referencia semejantes “plantas” y “astros”. Sabiendo lo antedicho, se entenderán también adecuadamente ciertas frases como las del sufí persa Jalalu’I din Rumi: “Siendo mineral, morí y planta me hice; siendo planta fallecí y ascendí a animal; morí siendo animal y llegué a ser hombre; ¿por qué he de tener miedo? ¿cuándo he llegado a ser menos por la muerte? Ahora, siendo hombre, una vez más moriré, para volar con los ángeles benditos; pero aún siendo ángel, he de seguir adelante” (2).Estas son palabras que encantan a los creyentes en la reencarnación sucesiva en nuestro mismo mundo, los cuales creen asimismo en la hipótesis evolucionista, pero el poeta persa está aquí sirviéndose de los seres inferiores dé nuestro mundo para simbolizar los mundos “anteriores” al mundo que comprende el estado humano, y no está afirmando ni la reencarnación ni el evolucionismo. La encarnación en un mismo mundo más de una vez y en cualquier especie de que se trate no es posible, como ya se ha señalado (3). Rumi está aludiendo a los mundos por. los que transmigró “antes” de arribar a nuestro mundo, mundos cuyas condiciones nos resultan inalcanzables de aprehender en tanto que seres humanos y por lo tanto se sirve de símbolos terrestres para representarlos. Por lo que hace al evolucionismo, se trata de una simple hipótesis indemostrada e indemostrable (4). Así como hay una jerarquía entre los múltiples estados del Ser, hay análogamente una indefinida variedad y gradación de seres en lo que es solamente la modalidad corpórea de nuestro mundo (tal y como pueden observar nuestros sentidos corporales) y de ahí el simbolismo que emplea Rumi y también algún otro autor. Sin embargo, así como a lo largo de un día de nuestra vida humana podemos entrar en .contacto con toda una diversidad de seres (humanos o no) cuyas vidas no podremos nunca recorrer nosotros, de forma semejante, a lo largo de un Día de Brahmâ (o ciclo de desenvolvimiento de un mundo) como lo es el desarrollo completo de nuestro mundo o kalpa, sólo cabe nacer una vez y en una especie viviente, realizando así la posibilidad particular que es o hay desde siempre en nuestra realidad increada. No cabe por tanto reencarnar ni como araña ni como fakir, ni domo extraterrestre del planeta X de Sirio, pues todo ello no son sino variantes posibles de la existencia corporal. Hay toda una serie indefinida de formas vivientes por las cuales un ser particular no podrá nunca pasar y que son justamente aquellas que ocupan todos los otros seres. Por muchas formas que pudieran recorrerse, quedaría siempre una serie innumerable por recorrer, y es que por el análisis es imposible llegar nunca a la síntesis. El evolucionismo es una hipótesis nunca demostrada, ya que jamás se ha visto a una especie transformarse en otra. Lo único comprobado es que en determinados lugares y momentos aparecen ciertas especies, desarrollan su ciclo correspondiente y, cumplido éste, desaparecen del plano corpóreo. Los “eslabones perdidos” no aparecen porque no han existido nunca. En realidad, la teoría evolucionista desempeña un papel fundamental como cobertura ideológica del sistema dominante (junto con la idea de progreso), y de ahí la feroz defensa que hacen de dicha teoría los cancerberos de éste. En el conjunto de los mundos de la existencia universal podría decirse, si se quiere, que hay “evolución”, pues hay ascenso de un grado a otro, pero ha de tenerse en cuenta que, así como en nuestro mundo se da una indefinida variedad y jerarquía de seres, algo análogo ocurre en otros grados de existencia. Además, en nuestro mundo se ve que los seres de especies inferiores son mucho más numerosos ¿no ocurrirá algo semejante al transmigrar y nacer en un grado superior-posterior de existencia? De ahí la peligrosidad que representa para alguien que está muriendo el caer de nuevo en la transmigración, en la rueda de la existencia que pueden ser superiores o inferiores, pero ello con relación al centro representado por el ser humano, el cual es como la síntesis de todos los elementos y reinos de la naturaleza (sutil y corpórea). Dicha situación central es la que permite expresiones como la del “Hombre Universal” del esoterismo islámico, referida a conseguir la realización efectiva de todos los múltiples estados del Ser. No se trata aquí de antropomorfismo, sino de señalar la analogía de constitución que hay entre la manifestación universal (macrocosmos) y su modalidad humana individual (microcosmos). El “Hombre Universal” viene a coincidir con el Adam Kadmon de la Kábala, con el Logos del Cristianismo y con el Rey (Wang) del Taoísmo (5) y la realización efectiva de los estados múltiples del Ser es simbolizada por el símbolo de la cruz en la mayor parte de las tradiciones sagradas. Así pues, podemos ver en el rosario cristiano la reunión de dos símbolos fundamentales y más o menos complementarios, de los que uno expresa sobre todo los diferentes mundos creados, sostenidos y transformados por el Logos divino, y el otro es el símbolo que mejor expresa la jerarquía de estados del Ser (o de atributos divinos) y la realización efectiva de todos ellos.

NOTAS:

(1). Cf. Paul Evdokímov, El conocimiento de Dios en la tradición oriental (cristiano ortodoxa), Madrid, Ed. Paulinas, 1969.

(2). Otra expresión de la teoría de los estados múltiples del ser aparece claramente en el Kat Godeu o “Combate de los arbustos” galés: “He existido bajo numerosas formas / antes de ser libre; / soy un escribano de capuchón gris;/ creo en la forma,/ he vivido errante por los aires, /he observado las estrellas, I he sido palabra entre las letras, I he sido en el origen libro, / he sido lámpara brillante. /Durante año y medio, he sido puente tendido, /sobre sesenta estuarios. /He sido ruta, he sido águila, / he sido coral en el mar / He sido la espuma de la cerveza”. Como afirma Françoise Le Roux en La religión, de los Celtas (Las religiones antiguas, vol. III, Historia de las religiones, Madrid-México, 1977), y dejando de lado toda la carga simbólica contenida en el texto para ceñirnos exclusivamente a lo que ahora estamos tratando, el poeta no quiere decir con esto que haya pasado sucesivamente por todos estos estadios, sino que más bien ha sido simultáneamente todo ello.

(3). Para la demostración de la imposibilidad metafísica de la reencarnación en el mismo mundo, Cf. René Guénon, “La reincarnation”, en L’Erreur spirite, Editions Traditionnelles, París, (trad. cast. en la revista “Axis Mundi”, números 8 y 9, Arenas de San Pedro, Avila, 1996) y El Simbolismo de la Cruz (especialmente cap. XV), Obelisco, Barcelona, 1987.

(4). Cf. Titus Burckhardt, “El origen de las especies”, en Ciencia moderna y Sabiduría Tradicional, Taurus, Madrid, 1979.

(5). Cf. René Guénon, “El Hombre Universal”, en El Simbolismo de la Cruz, Obelisco, Barcelona, 1987

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *