Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo VIII: LOS ESTADOS PÓSTUMOS DEL SER

A modo de regla de oro al respecto, ha de tenerse siempre en cuenta que todo nacimiento en un estado implica la muerte en otro estado, y viceversa. También, dentro de un determinado grado o estado de existencia, la muerte a una modalidad de éste es el nacimiento a otra modalidad del mismo: En el caso límite, la muerte a Dios ocasiona el nacimiento en la existencia y la muerte a toda variedad de existencia supone el nacimiento en Dios -en este caso, renacimiento-.Como ya se dijo, el cisne transmigratorio -hamsa-, el ser que llega para nacer en la especie humana, lo hace envuelto por unas como vestiduras que son el residuo del karma adherido en existencias “anteriores” en otros mundos. Dentro de ese karma, se denomina más particularmente prarabdha al que ya ha comenzado a dar sus frutos y viene a coincidir con el fatum, el hado o destino de la existencia humana. En medios europeos del siglo XIX rebrotó la idea de las existencias sucesivas, entendiéndola como reencarnación en nuestro mismo mundo y con la función de dar explicación a las injusticias humanas y, sobre todo, a las desigualdades sociales. Ya en la antigüedad, algún autor especulaba con la reencarnación como doctrina supuestamente explicativa de los males y desgracias, que sobrevendrían como consecuencia de vidas anteriores en la Tierra. En tales especulaciones no se tiene en: cuenta que el estado humano es sólo un grado de existencia entre una serie indefinida, que es solamente una “porción” de todo el conjunto de existencias (dicho de manera muy imperfecta). Es como tomar en consideración solamente uno de los días de nuestra existencia como humanos. Se tendría así una perspectiva totalmente parcial e incompleta del conjunto de nuestra vida humana. La noción de “karma”, por consiguiente, debe ser extendida al conjunto de estados del ser, y los desequilibrios parciales han de contemplarse desde el equilibrio del orden total. Si consideramos a los atributos del Ser divino (que no pueden cuantificarse) representados diferenciadamente, su reflejo en la manifestación dará lugar a una cadena de los mundos (que es en realidad una serie indefinida), cada uno de los cuales estará en relación más específicamente con uno de los atributos o Nombres divinos. Como ya se dijo, tal y como ocurre en una reflexión especular, la manifestación surgirá a modo de imagen invertida en la cual los atributos menos esenciales aparecen “primero” y los más cercanos al Absoluto lo hacen “después”. (Véase figura 4).Si consideramos el grado de existencia en donde se desenvuelve el ser humano, cabe suponer que el ser que va a nacer en dicho estado de existencia, ha existido previamente en los mundos “anteriores”. Ahora bien, ¿qué sucedió “antes”? 
 
Podría haber ocurrido que el ser que tratamos haya existido también en anteriores recorridos de la cadena de los mundos, los cuales (como vimos en el capítulo VII) son denominados cada uno un “Año de Brahmâ” (1). Sin embargo, ¿cuándo empezó el ser su trayectoria en la existencia? Es completamente necesario el detenerse en un punto o en otro y referirse a un acto de encuentro con las corrientes del devenir, del samsâra, y es a partir de ese momento cuando se asumen por’ elección y afinidad unos determinados samskâras o “predisposiciones” y el ser queda así “atrapado”.Podría decirse que un ángel o un príncipe se durmió y empezó a soñar que era cierto ser individual. Atrapado en el sueño, se convierte en el “hijo pródigo” que ya no sabe regresar a la casa del Padre. También podríamos aludir al conocido mito de Narciso, según el cual éste miró su reflejo en las aguas del devenir, el samsâra y, al dormirse un momento, se ahogó en ellas. Una vez que, por así decir, el cisne transmigrante sale del huevo convertido en patito feo, queda atrapado en un sueño y, como la mosca en la telaraña, puede irse enredando más y más de sueño en sueño (de mundo en mundo) sin encontrar el camino de retorno al mundo real. Concretando ya en nuestro mundo, a lo largo del desarrollo de la vida en la modalidad corporal humana puede ocurrir (como caso muy excepcional en esta época de Kali Yuga o Edad Negra) que un ser obtenga la “Liberación en vida” (jîvan-mukti en sánscrito), lo que corresponde al “Despertar” del Budismo, a la “Identidad Suprema” del esoterismo islámico y a la “Deificación” del Cristianismo ortodoxo. Un caso conocido es el de nuestro contemporáneo Ramana Maharshi (1879-1950), el cual, sin haber mostrado previamente un interés especial por las cuestiones del más allá, se vio atacado por un violento miedo a morir, y, en semejante situación, en lugar de buscar algún apoyo externo, tendió a la introspección y se dijo a sí mismo: “Va a llegar la muerte ¿En qué consiste eso?”. Se dio cuenta entonces de que había en él algo permanente, que no era el cuerpo sobre el que tendrían lugar los ritos funerarios habituales, ni tampoco los cambiantes procesos mentales y emocionales. Por encima de todo ello logró emerger el Sí Eterno, el Testigo inmortal de todos los cambios sin ser afectado por ninguno de ellos, ya sea en esta existencia o en cualquier otra. El ser que ha llegado a la Deificación puede continuar viviendo en sus envolturas psico-físicas durante algún tiempo, ya que los frutos del prarabdha karma necesitan completar su ciclo; no obstante, la aparente consistencia que tenía antes el mundo visible se ha transparentado y desvelado para el jîvan-mukta y él está ya desprendido de todo apego a los hechos que puedan tener lugar a su alrededor.Otra excepción a considerar es aquella en la que no hay propiamente una muerte del cuerpo. Es el caso, por ejemplo, de Elías y de Henoch que menciona la Biblia: “Henoch anduvo con Dios y desapareció, porque Dios lo arrebató” (Génesis, 5, 24); “Iban caminando mientras hablaban cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al Cielo en el torbellino” (II Reyes, 2,11). También podrían citarse ejemplos de la antigüedad greco-latina y del Tíbet, entre otros muchos. Lo que ha sucedido en tales situaciones, por muy extraño que parezca, es que todos los elementos de la envoltura corporal han sido transferidos o bien al plano angélico o arquetípico, en cuyo caso significa que el ser deja de manifestarse también en el plano sutil o anímico, o bien a dicha modalidad sutil de nuestro mundo. En ambas posibilidades, naturalmente, no se deja cadáver alguno. Por lo que atañe a Elías .y Henoch, dada la función que la tradición asigna a estos personajes para el fin de los tiempos, cabe deducir que el traspaso de los elementos corpóreos se ha llevado a cabo solamente hasta el plano sutil de nuestro mundo, concretamente hasta el “Paraíso Terrenal” que, según San Agustín y diversos Padres de la Iglesia, es la “morada de Henoch” y la “Tierra de los Santos”.Aparte de las mencionadas excepciones, cuando un hombre va a morir, la facultad del habla, seguida de las diez facultades (cinco de acción y cinco de sensación), se retiran al “sentido interno” (manas), y éste se reabsorbe, a su vez, en el “soplo vital” (prana). Hay que recordar antes de seguir que la forma sutil del ser humano se desenvuelve en un estado que en el Hinduismo se denomina taijasa porque está relacionado con el “fuego” (têjas), en el sentido de que se asemeja al fuego en cuanto que éste es luz y calor al mismo tiempo. Por lo que respecta a su cualidad calórica, la forma sutil se relaciona con el cuerpo a través del sistema circulatorio, mediante la sangre, y, por lo que atañe a su cualidad luminosa, la forma sutil se relaciona con la corporal a través del sistema nervioso. Como anteriormente se dijo, la modalidad sutil del hombre viviente posee varias posibilidades, entre las cuales está la de “exteriorizar” una apariencia corporal, de donde los numerosos casos de “apariciones” ante familiares y conocidos de gentes que están a punto de morir en algún lugar distante. Con todo, la forma sutil sufre necesariamente una serie de cambios inevitables cuando se produce la separación del cuerpo, entre los cuales se cuenta el abandonar un residuo psíquico -el ob- como ya se señaló. El plano sutil no es algo así como una copia “astral” del plano corpóreo. Convendría más bien imaginarlo como lo que se llama en física un “campo de fuerzas”.Siguiendo con el proceso de abandono del cuerpo, el “soplo vital”, acompañado de las facultades y funciones mencionadas, se retira a su vez en el “alma viviente” (jîvatma). Según el ejemplo habitual, se dice que el total de facultades individuales se reúne alrededor del jîvatma así como los servidores lo hacen en torno a un rey que va a partir de viaje. El alma viviente así acompañada se traslada al “vehículo ígneo” o forma sutil luminosa, la cual es imperceptible para los sentidos corporales de quienes puedan estar presentes alrededor del cuerpo del moribundo. Se produce entonces la aparición luminosa de la Realidad en Sí, a través de una Luz deslumbrante. Si el ser en cuestión reconoce que dicha Luz es la Realidad siempre subyacente a toda existencia y también a sí mismo, se produce la “Liberación incorpórea” (videha-mukti). El ser obtiene en ese momento el mismo resultado que en la “Liberación en vida”; no hay en realidad diferencias entre ambas y es solamente desde el punto de vista de la manifestación que parece haberlas. Esto, que la tradición hindú denomina “Liberación incorpórea”, viene a coincidir con la visión-identificación de la “Clara Luz Primordial” que describe el Libro Tibetano de los muertos (Bardo ThodoI) y, hechas las transposiciones pertinentes, con la visión de la Lumen Gloriae o Visio beatífica que alcanzan los elegidos según las teologías musulmana y católica. El Bardo Thodol precisa que durante el primer “estado intermedio” (chikai bardo), si no se reconoce la Clara Luz Primordial, puede haber un período durante el cual se manifiesta al moribundo la “Clara Luz Secundaria”, que es la misma pero empañada por las proyecciones que emite el propio ser en trance de morir. Se dice que la visión de la Clara Luz dura bastante “tiempo” si se trata de un sabio verdadero, mientras que tratándose de gentes ignorantes o de tendencias malvadas sólo dura unos instantes y, en todo caso, por falta de preparación, son incapaces de darse cuenta. Si no se consigue la Deificación o Liberación, pero se cuenta con un grado suficiente de conocimiento efectivo, el alma viviente, que está envuelta por el vehículo sutil, pasa a recorrer un viaje que en la tradición hindú se denomina “viaje divino” (dêva-yâna) y en el Bardo Thodol es el “segundo estado intermedio” (Chonyid bardo). En esta situación, el ser, lo mismo que tuvo la posibilidad de obtener la Liberación cuando estaba en el cuerpo, puede conseguirla en las modalidades sutiles de la individualidad humana. Puede irse identificando con los diversos grados que comprende el mundo de los Arquetipos o del Pleroma (el Sambogha Kaya del Budismo Tibetano), hasta llegar a la Liberación efectiva. Se habla en este caso de “Liberación diferida”. En el Bardo Thodol se ofrecen elaboradas descripciones de los Cinco Dhyani Budas (en realidad, un compendio de los atributos más esenciales de la Realidad en Sí), pero resaltando siempre que no son sino aspectos de la Clara Luz Primordial. Ello parece corresponder con la visión del Apocalipsis que describe el Trono divino y los cuatro “Vivientes” alrededor suyo. Además, tal y como señala Titus Burckhardt, según el Sufismo, cada cosa enfocada en su naturaleza primordial es el Trono de Allâh, y especialmente lo es el corazón del contemplativo. Seguidamente se describen en el Libro Tibetano de los muertos las apariciones (para el ser que no ha despertado aún) de cuarenta y dos deidades apacibles y cincuenta y ocho deidades airadas, haciendo hincapié en todo momento en que dichas apariciones son una proyección o del corazón (las deidades apacibles) o del cerebro (las deidades airadas o terroríficas). Éstas últimas además no son sino las divinidades apacibles filtradas por el cerebro. En las Escrituras hindúes e indoeuropeas en general se presentan descripciones simbólicas y variadas de este proceso (denominado dêva-yâna o “Vía de los dioses”), al término del cual se alcanza el Brahma-Loka o “Residencia de Brahma”. En todas ellas lo esencial es comprender que cuando el alma viviente en viaje ha sobrepasado lo que suele Ilamarse la “esfera lunar”, que es el plano donde se elaboran y se disuelven las formas individuales, dicha alma queda rescatada de la corriente de las formas y no habrá de retornar a la manifestación individual, al menos hasta el “Fin del Mundo”, el final de nuestro kalpa. En la “Senda de los Dioses” caben tres posibilidades a grandes rasgos, según sea el grado de conocimiento efectivo del ser en viaje. Si el alma viviente reconoce que el Centro cósmico donde reside el Brahmâ de nuestro mundo, el Embrión de Oro, se identifica al menos virtualmente con la realidad del Centro de todos los mundos y atributos, es decir, con Dios en su grado más elevado, dicha alma, que venía reIacionándose con Dios mediante la pantalla de algún símbolo particular, puede ir rasgando los velos que ocultan a la Divinidad hasta que, como un águila, pueda mirar al “Sol” de frente. Puede entonces tener acceso a la Liberación definitiva, ya sea de facto o sólo virtualmente, hasta hacerla efectiva con la llegada del Fin del Mundo, el pralaya. Esto es lo que se denomina “Liberación por grados” (Krama Mukti) o “Liberación diferida”.Otra posibilidad es que el alma pase a la condición de dêva (ángel) y se convierta en “dios por el Karma” (Karmandêva). Si no ha sobrepasado esta condición, al llegar el Fin del Mundo podría ocurrir que el retorno a Brahmâ no sea una “reintegración activa”, sino una “reintegración pasiva”, similar a la que tiene lugar cuando dormimos en estado de sueño sin ensueños. Sería una “asunción” en lugar de una “ascensión”. De ahí, la vuelta a la manifestación es aún posible, pero sólo a una condición supraformal, angélica. No hay vuelta posible al “mundo del hombre” (mânava-loka), es decir, a cualquier existencia individual. En el caso de que el ser en cuestión consiga simplemente mantenerse en las prolongaciones sutiles de la individualidad humana, al llegar el fin de nuestro mundo, si se da la citada “reintegración en modo pasivo” y no la “reintegración activa”, el ser podría retornar a otro estado individual, pero nacería en una condición central, análoga a lo que es la especie humana en nuestro mundo, y no periférica como puede ser la de los animales y vegetales que conocemos en la Tierra.La “salvación” de las religiones del tronco de Abraham corresponde al mencionado logro de superar la “esfera lunar”, pero conseguir la salvación no es alcanzar la Liberación efectiva, la cual debe ser relacionada, como ya se ha dicho, con la “Deificación”. Según ciertos teólogos del Cristianismo Ortodoxo Oriental, la distinción entre “salvación” y “Deificación” aparece en las palabras del Credo, “por nosotros los. hombres” y “por nuestra salvación”. Sea como fuere, ello aparece plasmado en las fiestas litúrgicas diferentes de la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés, considerando a esta última como la culminación de la Ascensión. Aquí es imprescindible tratar la cuestión de la “Resurrección de los muertos”, aunque “el asunto de la resurrección es largo y difícil de explicar y pide, como ningún otro de los dogmas, un hombre sabio” (2). “Resurrección de los muertos” es la expresión que se utiliza en el Credo de Nicea-Constantinopla, mientras que en el llamado Símbolo de los Apóstoles se habla de “resurrección de la carne”. Esotéricamente, hay que distinguir entre la primera resurrección tras la muerte y la segunda resurrección al fin del mundo. La primera resurrección es lograr la salvación en el Paraíso Terrenal, con arreglo al Evangelio de San Lucas, XXIII, 43: “Hoy serás conmigo en el Paraíso” y al Apocalipsis, XX, 4: “Vi tronos y sentáronse en ellos, y les fue dado el poder de juzgar, y vi las almas de los que habían sido degollados por el testimonio de Jesús y por el Verbo de Dios, y cuantos no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían recibido la marca sobre su frente y sobre su mano; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los restantes muertos no vivieron hasta terminados los mil años. Esta es la primera resurrección. Esta en el buen camino y es santo el que tiene parte en la primera resurrección; sobre ellos no tendrá poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con Él por mil años”.La segunda resurrección concierne a lo que es propiamente el Fin del Mundo (que no es, en general, lo que trata el Apocalipsis, ya que esta obra se centra en el “Fin de los Tiempos”). Cuando llega el final de nuestro mundo o Kalpa, se dice en el Cristianismo que se produce la resurrección de los cuerpos y el fin del mundo (lo mismo que se enseña en el Mazdeísmo, el Judaísmo y el Islam). Por tal expresión no hay que entender que se obtenga un resultado no preexistente, sino que el “cuerpo” corresponde a una posibilidad que hay o que es en nosotros eternamente y de la cual el cuerpo es la expresión en modo manifestado. Según la expresión de San Pablo, tenemos en el Cielo unas “tiendas” o cabañas no hechas por mano de hombre. En un sentido aún más elevado, la “resurrección de los cuerpos” alude a la realización efectiva del Hombre Universal, es decir, a la Liberación efectiva, empleando el símbolo del cuerpo humano (3). La noción de Hombre Universal “puede abrazar el dominio de existencia correspondiente a todo el conjunto de un estado de existencia determinado, cualquiera que sea este estado, pero esta significación, sobre todo si se trata del estado humano, incluso tomado en el desarrollo integral de todas sus modalidades, o de otro estado individual, no es aún propiamente más que “cosmológico”, y lo que debemos considerar esencialmente aquí es una transposición metafísica de la noción del hombre individual, transposición que debe efectuarse al dominio extra-individual y supraindividual. En tal sentido, la concepción del Hombre Universal se aplicará primero y lo más corrientemente al conjunto de los estados de manifestación. Pero se la puede interpretar aún más universalmente, en el sentido más completo de esta palabra, extendiéndola igualmente a los estados de no manifestación, luego a la realización completa y perfecta del ser total, entendiendo éste en el sentido superior” (4). Antes de tener acceso al Paraíso Terrenal, puede haber un previo proceso de purificación de adherencias, que es lo que se expresa en la doctrina católica del Purgatorio de las ánimas. En el Corán se menciona un paradero neutral entre infierno y Paraíso cuyo destino final es este último (Sura VII, El muro, v. 46). También el Mazdeísmo enseña la existencia de un “lugar”‘ intermedio entre la Tierra y los Paraísos. Si no se tiene el grado suficiente de conocimiento efectivo, el alma viviente queda ya sometida al karma y se dice en el Hinduismo que ha de seguir la “Vía de los Antepasados” (pitri-yâna), la cual corresponde en el Bardo Thodol al sidpa bardo o estado intermedio del devenir. El ser en viaje llega al simbólico “Reino de la Luna” (es decir, al medio cósmico en el cual los seres nacen a nuestro mundo desde otra existencia individual y también mueren a nuestro mundo y transmigran a otro). Como no se ha sobrepasado el dominio de las formas, según sea el karma benéfico acumulado por las acciones rituales (en sentido amplio) en la Tierra, así será el tipo de existencia sutil que se consiga momentáneamente (de ahí los cultos a los antepasados). Una vez agotados los frutos de dicho karma favorable, el alma es empujada por el residuo de karma atesorado en incontables existencias y por las impregnaciones de la vida terrestre, y ha de caer de nuevo en la existencia individual en otro mundo. Se ha producido para ellos la “segunda muerte” y son succionados por el torbellino de la transmigración. Para algunos seres, el morir y el renacer es casi automático; van y vienen incesantemente sin tomar consciencia de su situación. Los animales más inferiores podrían ser un ejemplo en nuestro mundo de estos casos. Si el karma de algunos hombres es especialmente pesado, ellos pasan a las prolongaciones psíquicas infernales de nuestro mundo, permaneciendo como seres humanos atormentados por el “fuego” que proyectan ellos mismos, hasta la llegada del Fin del Mundo, el final de nuestro Kalpa. Podría decirse que son en ese momento “vomitados” a renacimientos despreciables, como demonios, vegetales, gusanos, etc., hablando simbólicamente. En lo que respecta a los infiernos, la enseñanza es universal y lo que varía fundamentalmente es que el Hinduismo y el Budismo afirman que se sale de los estados infernales al fin del ciclo, pasando a continuación a la transmigración como seres ínfimos y periféricos. A partir del Mazdeísmo, como no se enseñaba exotéricamente la doctrina de los ciclos cósmicos, sólo quedaba la salida de asegurar que los estados infernales llegan a su término cuando el mundo toca a su fin y, tras una purificación, todos son transfigurados (5). Por otro lado, a partir del Cristianismo y del Islam, se afirma exotéricamente que la condición infernal es eterna, lo cual desde la perspectiva universal de la Sabiduría Perenne no puede admitirse. La palabra “eónico” del Nuevo Testamento, que se traduce como “eterno” puede significar en griego igualmente un ciclo indeterminado de tiempo (el aevum latino). La traducción correcta es “perpetuo” y no “eterno”. Aunque sorprenda a algunos, lo cierto es que hay pasajes de las Escrituras hindúes y algún Diálogo de Platón que, tomados al pie de la letra, parecen postular un infierno sin fin. En resumen, puede decirse que para el moribundo se presenta en primer lugar, la Luz deslumbrante de la Realidad Primordial, tanto de sí mismo como de todo ser. Si no la reconoce, como es lo habitual, pasará, en unos casos, a recorrer la “Senda de los dioses” o “vía luminosa”. En dicha senda, hablando en términos cristianos, se produce primero la resurrección primera o “salvación” en el Paraíso Terrenal. A continuación, puede darse o no la “Ascensión” a lo largo del novenario de coros angélicos, lo cual se simboliza por los nueve días que transcurren entre las fiestas litúrgicas de Ascensión y Pentecostés. Dicha ascensión puede tener lugar o en las prolongaciones sutiles del estado humano o sólo al Fin del Mundo con el “arrebatamiento” y la “trans-formación” que pueden darse en ese momento. El ser que no sigue el dêva-yâna ha de recorrer el pitri-yâna o “Senda de los antepasados”, que es denominado “camino sombrío” en la tradición hindú y que puede proporcionar un estado pasajero de gran felicidad en la modalidad sutil de nuestro mundo, pero que llevará indefectiblemente a caer en la transmigración hacía otro mundo. Por fin, los humanos más particularmente malvados mantienen la individualidad sutil humana en el “castigo” de un estado infernal, siendo excretados al llegar el Fin del Mundo hacia un renacimiento en otro mundo como seres efímeros y detestables.
NOTAS:
(1). AI final de un despliegue completo de la cadena de los mundos (Año de Brahmâ) se produce el mahâpralaya ya o “gran disoIución”, el cual no debe confundirse con el pralaya o “disolución” que sobreviene al fin de cada mundo o Día de Brahmâ, aunque el segundo refleja al primero en cierto modo.
(2). Orígenes, Contra Celso, V, 23.
(3). A este respecto puede consultarse, con reservas, la obra de Henry Corbin, Corps spirituelle et Terre Celeste (trad. cast.: Cuerpo espiritual y Tierra celeste, Siruela, Madrid, 1996).
(4). René Guénon, “El Hombre Universal”, cap. II de El Simbolismo de la Cruz (cit.).
(5). Cf. Jean Varenne, Zoroastro, Edaf, Madrid, 1989. 
 
 

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